Catterina Garbaccio: «Trato de romper con el maldito clean look y eso de ser la mina perfecta»

La joven diseñadora chilena desafía el temor al qué dirán con piezas cargadas de emociones, sentimientos e intervención textil. 

Foto portada: Josué Casas

Una de sus primeras referentes en la moda fue su madre, cuya forma de vestir transmitía siempre elegancia y seguridad cuando se iba a trabajar. No fue sino años más tarde cuando Catterina Garbaccio comprendió el verdadero impacto de esa imagen.

«Lo de ella era un personaje, que después entendí que se trataba casi de un arma. Mi mamá trabajaba en la Bolsa y era la única mujer entre puros hombres, un área muy competitiva. Con el tiempo entendí que sus outfits y su manera de vestir, que yo admiraba un montón, eran también una estrategia. La moda no solo se trata de si algo es bonito o feo, o de por qué tal persona lo ocupa. Muchas veces también puede ser otra cosa. Una estrategia». 

En esa época vivió otra experiencia que la marcó. Su hermana mayor, quien por entonces estudiaba diseño de vestuario, debió realizar un desfile infantil. Catterina fue una de sus principales modelos y estrenó un vestido a su medida sobre una pasarela que todavía recuerda. Sin embargo, lo que verdaderamente perduró en su memoria fue el proceso creativo tras bambalinas.

«Me acuerdo de que dibujaba prendas, le hacía ropa a las Barbies, todo ese tipo de cosas», rememoró para Gritonas. «Siempre quise ser diseñadora de vestuario. Nunca me gustó el colegio y no aprendí mucho, pero ya más grande siempre estuve entre eso o ser veterinaria. Pero hubo una vez, en una feria universitaria, en que me hablaron del ramo de Veterinaria donde enseñaban a sacrificar animales y está perfecto, no tengo ningún rollo con eso, pero soy muy sensible. No me la iba a poder con la carrera emocionalmente. Me decidí por el diseño». 

Catterina Garbaccio es una de las promesas más destacadas del diseño de autor en Chile. Sus colecciones de ropa brillan por una estética etérea con acabados de alta gama, donde resalta una confección artesanal sofisticada y poco vista en la industria local. Hoy sus chaquetas, pantalones, accesorios y lencería se posicionan cada vez más alto entre las marcas emergentes del país.

Toda esta historia comenzó cuando ingresó a la carrera, donde sus dos primeros años como estudiante de diseño de vestuario fueron los mejores. Disfrutaba de los ramos y entabló amistades que perduran hasta hoy: su grupo de amigas, cada una con su estilo, que en esos tiempos congeniaban en el deseo de un gran futuro a través de lo que cada una podía lograr.

Sin embargo, la llegada de la pandemia disminuyó esas añoranzas y la obligó a cursar la mitad final de la carrera de manera remota. Algo que fue complejo, nos contó, pues al pertenecer a una disciplina profundamente práctica que exige manualidades, moldear y tomar medidas en vivo, aún siente vacíos de aprendizaje de ese periodo. A ese desafío académico se sumó un momento difícil en el plano personal. Una pérdida que dolió y que, a raíz de ese sentimiento, la inspiró a crear su primera marca: Sin amor no hay acción.

Dedicada principalmente a la lencería femenina, Catterina aseguró que le fue increíble. Hizo muchas piezas en menos de un año, aprendió y proyectó un futuro ligado al emprendimiento tras esta primera experiencia reconfortante. Por momentos se sintió muy cerca de

l éxito. Tanto así que la presentó como su proyecto de tesis universitaria, siendo evaluada con un 7,0.

«Hice la práctica en Flores, en ropa íntima de mujer, y a raíz de la pandemia lanzaron un área especializada en deporte y ropa cómoda y linda para estar en casa, aunque ese concepto duró poco». 

Después de Flores vino un camino pedregoso. Estuvo un año cesante hasta que llegó a Mavesa, donde la exigencia y la falta de tiempo libre la obligaron a dejar de lado «Sin amor no hay acción». «Ahí estuve unos diez meses en Sybilla, que la hacía Mavesa, con pequeñas colecciones para Falabella, que era su comprador principal». 

Se mantuvo en Sybilla medio año hasta que su exjefa —«quien fue un pilar en toda mi carrera posterior, una persona a la que admiró constantemente y a la que le debo mucho»— la llamó para invitarla a un nuevo desafío laboral en otra empresa. La oferta era dar un salto: ya no sería asistente de diseño, sino diseñadora titular. 

Aceptó.

«Y estuve un año. Me gustaba porque era sola, a mis tiempos, sin esa competencia que suele darse. Un año después me ascendieron y pasé a una marca más premium, ASH. Si bien nunca me sentí tan cercana a la firma porque siempre he sido más juvenil, de todas maneras lo agradezco, pues me sirvió mucho para desenvolverme comercialmente, diseñando para el público adulto, que es el rango etario que más consume en Chile». 

«Pero en ASH lo pasé pésimo», continuó. «Fue por un tema de equipo. Yo era diseñadora junior, había una senior y una asistente. Con la asistente todo fue increíble. El problema era con la diseñadora. No sé por qué tenía tanta rivalidad por el tema de ser senior, siendo que fuera del trabajo éramos amigas. Yo no lo entendía bien. Y si bien viajé, fuimos a España y Turquía a comprar muestras, cosa que agradezco un montón, también agradezco el hecho de que me hayan desvinculado. Lo estaba pasando mal y tenía olvidada esa faceta de mi propio diseño que, en mis peores momentos, me motivó a levantarme todas las mañanas para ser feliz».

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En enero de este año, la diseñadora lanzó formalmente Catterina Garbaccio y su catálogo “Heridas que florecen”, fruto de emociones potentes que la impulsan a crear prendas disruptivas. «Mi inspiración viene de mi propia historia, donde la luz y la sombra de estas emociones se enfrentan y se convierten en las protagonistas», compartió en uno de sus reels. 

Lo que más llama la atención de esta joven creadora es el trasfondo de sus conceptos y la energía que transmite a través de la producción de autor, cosa que articula en tres etapas que reflejan el recorrido emocional frente a la adversidad.

«La primera es una fase oscura, con una paleta de color intensa e intervenciones que inspiran dolor, heridas y mucha textura fuerte. Después pasamos a la transición, donde todo lo doloroso y lo potente empieza a decantar para dar paso a la luz. Finalmente, la última parte es la contraposición directa de la primera. Concluye con colores radiantes, fluorescentes, llamativos y evocando las flores».

Esta propuesta fue concebida para Chile Fashion Week, donde preparó más de 15 obras en menos de un mes. Una tarea en la que se esmeró por transmitir el dolor de forma literal a través de rasguños y marcas que dieran la sensación de perdurar para siempre. Vestidos de alta noche, tops estructurados, abrigos y faldas de gran caída integran cuarzos, cristales Swarovski, acronitas y más de mil perlas acrílicas bordadas «que se ven de lejos y brillan increíble».

«Es una herida sangrante, pero hecha de brillo y glamour», mencionó.

Tras participar en la tercera versión de este festival a comienzos de año, la diseñadora de 25 años repasó un año vertiginoso que la tiene nominada al galardón Diseño Revelación 2026. Y es que el paso por la pasarela del CFW fue una experiencia inigualable. O tal como dijo luego del evento: “el mejor día de mi vida”. 

“Me encantaría repetirlo cien veces si es posible”, agregó.

Estas y otras palabras fueron parte de una entrevista suya alojada en YouTube en los días posteriores a su primer desfile, donde 18 confecciones suyas se lucieron ante una multitud de asistentes. Meses después, Catterina fue parte de la comitiva chilena que se dio a conocer en Buenos Aires Fashion Week, llevando 12 ejemplares con accesorios inéditos que no fueron exhibidos en Santiago.

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Fotos: Josué Casas

Fue a su regreso de Argentina cuando coordinamos esta entrevista. Nos juntamos en un café de Las Condes para conocer más de su historia, el enfoque de su sello y su creatividad, así como también sus análisis y reflexiones sobre la moda en Chile.

Catterina es locuaz e inteligente, con un relato asertivo y por momentos levemente irónico que fortalece sus palabras. Su estilo también habla mucho de ella. Esa vez llegó con un bolso, una hermosa chaqueta de cuero, unos jeans de diseño rasgado y la memoria vívida de sus comienzos, la lucidez de su actualidad y la proyección que se tiene a futuro. 

—¿Qué te parece la moda femenina en Chile?

—Encuentro que está segmentada por sectores, pero hay algo que se comparte en común. Y es que si bien las modas parten principalmente en Europa o Asia, esas son temporadas que parten antes que nosotros. Comercialmente, son dos años antes. Y acá, si bien puedes ver el primer desfile, los primeros fashion week y todo lo que se verá en tendencias y que quizás ya estará pronto en el mercado, aquí en general la gente no se atreve. No se atreve hasta verlo dos años después explotado. Y obviamente que esa explotación es lo más bajada a la gente posible, no lo que se ve en una pasarela literal. En ese sentido, lo que me pasa es que Chile se limita mucho en la moda femenina. La gente se atreve, pero mucho tiempo después.

—¿Y lo asocias a algo?

—Sí, culturalmente al qué dirán. Sobre todo en el sector oriente, se preocupan mucho de qué van a pensar si me pongo tal cosa. No tanto los de mi edad, yo te diría de los 30 hacia arriba. Eso lo encuentro cuático. Siento que las mujeres no se visten tanto para ellas, sino para una aprobación externa. Con mi marca trato de romper con eso, pues noto que hay un nicho poco considerado que somos las que no queremos vernos todas iguales. No somos las que queremos encajar o que nos digan siempre que sí porque estamos vestidas de una tal manera.

—Te entiendo…

—Hoy en día hay una tendencia que me parece bien que exista, que es el clean look, el minimalismo. Es cosa de verlo en todas partes, como por ejemplo en McDonald’s y en el aspecto de sus locales. Hoy el mundo perdió el color, lo que en realidad no tiene nada de malo porque eso también invita a no consumir tanto. De ahí nace esa tendencia: a no ser excesivo en todo, pero dentro de mi experiencia creo que uno consume igual, solo que de manera diferente.

—¿Cómo entra ahí Catterina Garbaccio?

—Trato de romper con el maldito clean look y eso de ser la mina perfecta. Con todo perfecto, liso y del mismo color hasta las uñas. Veo que el público femenino está muy enfocado en eso, en el estigma social más allá de lo que ellas quieren sentir. O lo que yo sentía cuando era chica y lo que hacía mi mamá como estrategia que te contaba. Hoy considero que el color, el atrevimiento y todas esas cosas en el público joven solamente se ven entre los 25 a 35 años, en festivales y sería. Entonces, detecto que hay un espacio en el que me puedo instaurar.

—Un nicho…

—Y busco romper esa barrera. Este año me hicieron una entrevista desde Argentina y me pidieron comparar con Chile. Y en Argentina les importa tres hectáreas lo que piensa el resto. Allá las mujeres se visten como quieren, son regias, estupendas. No andan mirándote de arriba para abajo secreteando con la amiga por cómo se ve el resto. No lo hacen, y si bien en Latinoamérica la moda llega dos años después, allá suelen tenerlo antes, lo usan antes, pero lo más importante es que se atreven. No tienen ese miedo social.

—¿Cómo potencias tu inspiración? ¿Búsquedas, lecturas, propias vivencias?

—Experiencias. Experiencias personales que me dan ideas y de ahí en adelante. Obviamente, para hacerlo comercial. Siguiendo el mismo ejemplo de la tristeza, se me ocurre la idea de un vestido con una cara gigante llorando, literal. Y si bien en una pasarela puede ser aceptado, seamos honestos, nadie se comprará eso. Y ahí es donde entra una investigación donde bajo las distintas pasarelas, veo qué tienen en común entre ellas para ver sus tendencias y modas, y trato de bajar el fundamento poniendo mi mirada y lo que acá en Chile se puede comprar.

***

—Dado que las generaciones cambian, ¿cuáles son tus proyecciones en cuanto a la moda?

—Si bien apunto a un público más juvenil y obviamente tengo que estar al tanto por lo que me dices, debo estar muy atenta a las plataformas que los más jóvenes ocupan. Ahí entran mucho los y las influencers, cosa que yo no entiendo y eso que soy chica. Si te soy sincera, yo no usaría una prenda que me recomendó un influencer. Todavía no entiendo el sentido de eso o por qué ocurre. Muchas veces no entiendo por qué lo son y qué aporte tienen al mundo, por qué son tan importantes y mueven tantas masas. Eso me cuesta cachar y para mí ha sido un desafío. Percibo que las generaciones se mueven en base a lo que pasa en su teléfono. Siento que el mundo está en las pantallas y no en la realidad. Y eso es difícil.

—Revisando tus catálogos y redes sociales, lo que más nos llama la atención son las fotografías de Catterina Garbaccio y lo que buscas mostrar…

—Muchas veces incomodar, eso es lo que busco. Sobre todo con esta primera parte que es oscura de la colección. Una de las últimas sesiones que hice fue en un castillo abandonado que me encantó. Seguían los vidrios ahí en el piso, hay fotos en que estamos a pata pelada. Y si bien la ropa y todo es oscuro, también es potente la imagen. Estar descalzos alrededor de vidrios te genera incomodidad, entonces trato de buscar eso con la fotografía: que vaya acompañado el concepto de las prendas con la dirección de arte que elijo después.

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Fotos: Josué Casas

—Nos comentabas que esa es tu parte favorita.

—Sí, lo es. Ver todos los looks listos, con las modelos que elegí, que calzan perfecto con lo que hice, y además, hacer una presentación previa de estilismo y maquillaje. Hago una inspiración del look para ver dónde se hace, que todo eso quede listo y estar ya en el lugar, con ellas posando, con todo, y yo dirigiendo, que todo esté perfecto, la ropa perfecta para la foto; me encanta. Es ver tu trabajo terminado y en su máximo esplendor en la producción.

—¿Qué esperas para este año y el próximo para tu futuro?

—Ahora estoy preparándome para una invitación de New York Fashion Week. Estoy postulando al Fondart para presentar obras de diseño. Entro en una categoría por la que espero ganarme este fondo y, si lo logro, el paso siguiente sería estar allá en Nueva York, lo que es una oportunidad para mí y para resaltar el talento joven chileno desde la moda. Culturalmente lo veo muy bacán. No solo personalmente, de hecho no lo hago necesariamente por lo comercial, sino para expandir el talento joven chileno a otros países. En eso los diseñadores estamos botados. Si no tienes la plata, sorry, no llegas a ninguna parte.

—¿Eso lo ves extendido en toda la industria?

—Sí, las que han llegado es porque tienen plata y, sin faltarle el respeto a nadie, siempre hago el trabajo de ir a las calles donde están las tendencias de moda femenina porque me encantaría estar posicionada ahí, pero las cosas que veo tampoco son innovadoras. Es el mercado que no sale más allá del que más paga y el que más vende. Y eso, en el fondo, lo convierte en conservador. Ojalá que esa situación se pueda cambiar, porque yo creo que la juventud da para eso.

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