La física y experta en óptica cuántica conversó sobre su trayectoria, su investigación y sus reflexiones sobre ser científica, madre y cristiana en Chile.
Desde niña, Carla Hermann tuvo una gran pasión por la ciencia, en gran parte gracias a su padre, quien le enseñó desde muy pequeña que el mundo no existía por casualidad. Todo tenía una explicación. En muchos de sus momentos juntos, padre e hija se preguntaban por qué el pasto es verde, el cielo azul, el sol amarillo, o por qué cuando saltamos volvemos a caer.
«Yo tenía mucha libertad para preguntar y nunca sentí que estuviera molestando con mi curiosidad», comenzó en la entrevista con Gritonas.
«Nunca recibí una respuesta del tipo “déjate de preguntar tonteras” o “qué lata responder”. Todo lo contrario», añadió la Dra. Carla Hermann (38), física chilena especializada en óptica cuántica experimental y teórica, académica de la Universidad de Chile y una de las 30 chilenas más influyentes del país según Forbes (2023), por su aporte a la ciencia nacional.
Ella fue nuestra entrevistada en una tarde fría de invierno, coordinada por videollamada entre sus clases, su investigación y su programa sobre ciencia, además de su vida familiar, lo más importante de su vida, como recalcará más adelante.
«Soy una persona de mucha fe, soy cristiana, así que, a medida que fui creciendo, me interesé aún más en entender por qué el universo funciona de esta manera. Incursioné en la astronomía, la geofísica, la física, y cada vez me maravillaba más de este mundo asombroso que había que descubrir. Por lo tanto, tuve preguntas más profundas que la ciencia no puede responder a través del método científico, pero otras que sí, como las relacionadas con los fenómenos cuánticos».
Hermann se presentó como científica, madre de dos hijos y con una hija en camino, pues cuando conversamos tenía seis meses de embarazo. Es docente del Departamento de Física de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile, y quien la conoce por primera vez se encuentra con alguien amable, locuaz, inteligente y , por supuesto, experta en óptica cuántica. ¿De qué trata esto? En términos sencillos, es la física a escalas muy pequeñas, atómicas y subatómicas, que estudia la interacción entre la luz y la materia.
«Yo digo que nunca elegí la cuántica, sino que la cuántica me eligió a mí, en el sentido de que los profesores de esa época, todos hombres, por eso lo mantengo en masculino, vieron que era una buena alumna: metódica y esforzada. Nunca fui una genio, no tengo esa característica. Siempre fui constante y recibí muchas invitaciones para participar en proyectos relacionados con la física cuántica. Pero claro, tal vez si hubiesen sido catedráticos de otras áreas, quizás yo estaría en otra cosa».
Esta rama la cautivó y es una parte fundamental de su vida hasta el día de hoy. La Dra. Hermann, investigadora experimental y teórica del Instituto Milenio de Investigación en Óptica (MIRO), recibió en 2017 el premio For Women in Science en Chile, otorgado por la UNESCO en la categoría de postdoctorado, por su investigación en redes fotónicas y como reconocimiento a su trayectoria, siendo la primera chilena en ganarlo en el área de óptica cuántica.
«Soy divulgadora científica y creo que he tenido un rol importante en mostrar lo que es ser mujer y madre en la ciencia, enfrentando ciertos obstáculos. Mi rol es mostrar más sobre cómo es la realidad».
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¿En qué cosas cotidianas podemos ver reflejado este estudio microscópico de la luz y lo que nos rodea? La académica de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile (FCFM) mencionó que en dos corrientes: una dedicada a expandir el horizonte del conocimiento con una proyección a largo plazo, y otra, más directa y contemporánea, con distintos niveles de aplicación de esta física de lo muy pequeño.
«Por ejemplo, cuando nació la mecánica cuántica a comienzos del Siglo XX, surgió la idea de probar la emisión estimulada de luz controlada, lo que después se convirtió en lo que hoy conocemos como láser. En ese momento era solo un experimento, nadie sabía cómo se iba a usar».
Hoy en día, en parte gracias a los recursos cuánticos, como humanidad podemos medir ondas gravitacionales de estrellas colisionando a distancias enormes, además de contar con tecnología importante para nuestra salud, como las resonancias magnéticas nucleares, o para nuestro día a día, como los sistemas GPS, que funcionan con relojes atómicos ultra precisos. Ella nos recalcó que todo lo que usamos hoy en los teléfonos y computadoras, como los transistores, funciona gracias a la comprensión de la mecánica cuántica y la interacción radiación-materia.
Carla Hermann Avigliano recordó cómo su inclinación por la ciencia se remonta a su infancia, y es quizás ese origen lo que le permite explicar de manera simple y clara conceptos complejos, incluso alejándose a veces de los cánones rígidos y estructurados.
Notamos esto cuando tocamos el tema de cómo la palabra “cuántica” está en boga actualmente, en contenidos digitales y formatos audiovisuales, como en las películas de superhéroes. Ella coincidió en que es positivo que se hagan películas y libros de ciencia ficción basados en fundamentos reales. «Hay libros como El problema de los tres cuerpos (2006), que se estrenó como serie en Netflix hace unos meses. Aunque hay elementos de ciencia ficción, hay una base real, y lo primordial es que se presente como ciencia ficción».
Sin embargo, también fue enfática en criticar el uso del término “cuántico” en contextos no científicos. «No estoy cuestionando si algunas cosas espirituales o alternativas funcionan, pero trato de evitar que se les llame “cuánticas”, ya que creo que eso engaña a la ciudadanía». Usó el ejemplo de la “medicina cuántica”, donde no se ha corroborado científicamente que ciertos tratamientos funcionen a través de la mecánica cuántica o el método científico. «Si alguien ve un consultorio que dice trabajar con ella, puede pensar que es real, aprobada por la comunidad científica y testeada por el método científico, pero la mayoría de las veces no lo es. Usar el término cuántico para algo no científico es, en mi opinión, un fraude».

–¿Cómo es el día a día de una científica como tú con respecto a su investigación?
–En mi caso personal, y me imagino que también pasa con mis colegas, yo no paro de pensar. Estoy constantemente con ideas en la cabeza, y me pasa de repente como en los dibujos animados, donde estoy durmiendo, soñando, y se me ocurre una idea. Después me despierto y la anoto. Ese tipo de cosas pasan en lo cotidiano, es como si fuese algo en paralelo. De repente, estas iluminaciones se dan cuando están pasando cosas nada que ver.
–De hecho, muchos científicos valoran esos momentos donde no necesariamente se está investigando.
–Hay un libro muy bonito que se llama El arte y la ciencia de no hacer nada (2015) y habla de cómo hay ciertas nociones, lapsus de brillantez que ocurren pero no haciendo ciencia o trabajando. En momentos de ocio, o cuando estás en algo nada que ver. Ha pasado en muchos momentos de la historia, pero hay dos casos muy conocidos. Uno es Newton, cuando plantea su teoría de la gravitación universal, donde cuenta la leyenda que estaba debajo del árbol y le cae la manzana. Justamente, tengo entendido que en esa época pasaban por un periodo de pandemia, donde no se podía trabajar normalmente, y en ese momento de ocio, de no hacer nada, le cae en la cabeza y algo le hace clic.
–Es un momento icónico de la ciencia..
–Hay ciertas áreas del cerebro que se activan durante estos estados de no hacer nada. El libro que te dije defiende lo crucial de aburrirse y de tener estos momentos. Con Einstein es muy parecido. Su contribución es impactante y parte del desarrollo que hizo sobre la relatividad especial y general fue cuando estaba trabajando en una oficina de patentes. Revisando patentes, no aplicando la ciencia. Al menos, en lo que yo creo, el científico nunca para de pensar en sus problemas. Y de pronto aparece esto que te llega y las cosas empiezan a funcionar. Por supuesto que todos los trabajos tienen una cierta hipótesis, pero ésta va variando y es normal.
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–¿Cómo es ser científica y profesar la fe?
–Es un tema súper mediático y he tenido la experiencia de vivirlo en dos continentes distintos. Cuando estuve en Europa, haciendo mi doctorado en Francia, sentí que había un rechazo muy grande a mezclar estos temas. Era difícil encontrar científicos, o al menos en donde yo estaba, que profesaran una fe activa. Pero después me fui a Estados Unidos y fue otro mundo. Un país con bases cristianas, muy sólidas a la fecha, donde era mucho más probable encontrarse con académicos de alta gama, Premios Nobel, que practicaban su fe.
–¿Qué reflexionaste con ambos casos?
–Fue esencial para mí entender que no eran incompatibles. Que siempre ha habido una mala información sobre quienes tienen fe, y a veces se la asocia a la gente más pobre, porque socioeconómicamente no tienen oportunidades de seguir estudios científicos duros, lo que en verdad no es tan así. En el área donde trabajo me atrevería a decir que he visto los dos espectros. Científicos con un nivel alto intelectual y que no cree en nada, o es más humanista por así decirlo, donde prevalecen pensamientos o posturas más políticas detrás de sus sistema de creencias o principios. Y el otro lado, personas que al ver la ciencia y lo que investigan, sienten evidente que hay una mente creadora detrás. Luego determinar que esa mente creadora es cristiana, católica, budista, etc. es otro tema mucho más complejo de abordar.
–¿Es compleja la combinación?
–Para mí nunca ha sido una zona de conflicto, sino todo lo contrario. Desde mis lentes, entendiendo que también soy una persona de fe, es como explorar la mente del creador. Es fantástico. Lo veo en todas partes y también trato de hacer mis propios análisis. Te voy a inventar un poco, pero suponte si mañana yo aprendo una nueva característica de la luz, por decirte algo, en mi cabeza hay un raciocinio de cómo veo esto nuevo desde mi fe.
–También eres mamá. ¿Cómo se compatibiliza con tu carrera?
–Para mí el tema familiar es muy significativo. Hace mucho tiempo que, a pesar de que me encantan las ciencias y disfruto muchísimo mi labor, logré aprender que mi identidad como persona no podía estar en mi trabajo. O sea, que mi valor humano no podía estar en cuántos papers publiqué, o qué descubrimiento hice. Yo quería estar más arraigada a este otro lado, a la familia, a mis creencias. Mi prioridad son mis hijos y muchas veces soy científica y mamá pulpo. Tengo momentos donde avanzo mucho, otros donde ellos están enfermos o lo que sea y bajo cuatro cambios. Ando más lento, pero aprendí a tener un equilibrio en esas cosas y a redefinir lo que es el éxito, tanto académico como en la vida misma.
–¿Cómo lo hiciste?
–He logrado mantener horarios donde me puedo concentrar y claro, después de las 18:00 horas, estoy 100% con mis hijos. Ha sido desafiante, a veces muy difícil, sobre todo en los periodos pre y post-natal donde una igual anda más lenta. Es normal, el día no tiene más de 24 horas y tampoco se tiene energía infinita. A mí lo que me ha ayudado mucho es rodearme con gente en la academia que cree que la ciencia se construye a nivel de colaboraciones. No creo en esto de que hay un genio que no comparte nada con nadie. Que solo infla su currículum a toda costa. No puedo estar más en desacuerdo en esa forma de hacer y ver la ciencia.
–¿Cuál es tu mirada?
–Para mí la ciencia se construye desde un punto de vista colaborativo. Desde que entré a la academia a trabajar, siempre traté de mantener relaciones sanas, de tal forma que como yo sabía de antemano que quería ser mamá, cómo podía mantenerme activa a través de colaboraciones y oficio en conjunto. Yo también aprendí durante mi formación como estudiante que el éxito académico antes era cuántos papers tenía, y me he dado cuenta que eso no es así. Tiene que ver con otras aristas.
–¿Cómo cuáles?
–Con tener un equipo sano, que le gusta y se maravilla al hacer ciencia, con el rol de formador de nuevos científicos, etc. Si el estudiante llega a la casa a hacerse bolita porque no quiere nunca más ver el experimento o su tema de tesis, hay algo muy mal de fondo. O cuando me toca enseñar mis cursos de plan común o especialidad, ¿la gente estará aprendiendo? O cuando estoy publicando, ¿estoy generando conocimiento nuevo? Ese tipo de cosas están redefiniendo ese éxito. Sin duda que divulgar también, porque es una forma de retribuir a la ciudadanía y avanzar en la democratización del conocimiento.

–¿Cómo influye ser mamá en tu enfoque y perspectiva sobre la ciencia?
–Yo siempre lo planteo así. La ciencia, los avances científicos, se construyen a través de la diversidad. Es importante en todo el sentido de la palabra, porque al tener personas diversas, con historias y naturalezas distintas, se ve el mundo desde una perspectiva diferente. Dicho esto, yo siento que al ser mujer, mamá, científica, cristiana, veo las cosas desde otro ángulo, y eso siempre aporta al crecimiento científico.
En ese sentido, desde que soy mamá, trato de incentivar el pensamiento científico en mis hijos. Que se cuestionen y entiendan cosas como por qué se esconde el sol y se hace de noche. Así les explico que en realidad la Tierra gira, y les muestro una pelota chica y otra más grande. He tratado también, cuando hago clases, de explicar las cosas con peras y manzanas para que casi mi hijo lo pueda entender. Y desde ahí construir algo más complejo. Eso me ha servido porque una como científica nunca termina de aprender, pero también a que uno nunca termina de aprender y sirve mucho volver a visitar conceptos que yo pensé que sabía y entendía, pero que cuando me tocó explicarlas, me di cuenta que no las tenía tan bien como pensaba.
–¿Qué consejo le darías a otras mujeres que están considerando una carrera en la ciencia y se preocupan por cómo llevar la maternidad? ¿O la fe?
–La otra vez hablé con mi esposo de esto. En nuestro círculo cercano se da mucho que si alguien le pregunta a una mujer, te invento, qué cocinó hoy, la respuesta sea normalmente es que no alcancé, tenía que hacer esto, esto otro, empezando a justificar ciertas cosas, cuando la pregunta fue si alcanzó a hacerlo o no. Y creo que eso tiene una base cultural de que a la mujer, por mucho tiempo, por razones históricas y culturales, se le enseñó que debe servir a otros y justificarse si no alcanza esas expectativas sociales, culturales, religiosas también. Alcanzar una especie de perfección para ser valorada o amada, o lo que se quiera, y eso hace que siempre estemos constantemente preguntándonos si estamos haciéndolo bien o no. Y si lo hacemos mal, qué consecuencias tendrá para mí. Si me va a quitar valor como persona, como individuo, como ser y dónde está la base de la identidad de la persona.
–Claro.
–Así que mi primer consejo es ese, que la persona entienda dónde está su identidad. Para mí es un tema clave. Si la identidad está en qué notas te sacaste en la universidad, o por qué estudias en esa y no en otra, o si soy o no la mejor del curso, o cuantos papers publico, a mí parecer se está poniendo el peso de la identidad en lo que se hace y no en lo que se es, en el ser. Y eso siempre traerá un problema en algún momento, porque cuando se falla, se pierde, o resulta que no eres la mejor, viene el cuestionamiento. Quien soy, cual es mi aporte ahora que fracase en lo que me definía o donde tenía puesto mi valor, consciente o inconscientemente Y comienzan los grandes problemas. Hay que separar el ser del hacer. Que una entienda el valor que tiene como persona y cómo, desde su experiencia, se puede contribuir a la ciencia, y a la vida, haga lo que haga, esté donde esté.
