Conversamos con la actriz sobre su infancia y adolescencia, de su experiencia en el teatro y la televisión, de sus 14 años de orfebre y de lo importante que es para ella ser mamá.
El espacio es luminoso y elegante, como las joyas que completan sus estanterías. Collares, anillos y brazaletes que se distribuyen a los costados, mientras una alfombra oscura recibe a quienes cruzan el letrero, negro de letras blancas, Ingrid Parra Orfebrería. La tienda de la actriz chilena Ingrid “Peka” Parra, a quien recordamos por el teatro, las teleseries y los programas televisivos.
Ella nos recibió con un abrazo, la invitación a un café y las ganas de conversar.
«Comencé la orfebrería en un momento de mi vida en que no tenía pega. Necesitaba hacer algo y me puse a estudiar esto. Lo hice durante cinco años y me gustó tanto que me fui en volada con el estudio, de hecho lo sigo haciendo», inició para Gritonas.
–¿Te gustaba de antes la orfebrería?
–Siempre me gustó la manualidad. Las mostacillas, hacer macramé, yo era de esas cosas. Pero en el momento de ver qué hacer o estudiar, pensé ingenuamente en algo que para mí podía ser rápido. Y no es así. El que piensa en 100 anillos de una, aquí no es el lugar. Me fijé que le pegaba a la cosa. El primero que hice hoy lo tiene Renata Bravo, quien me vio un día con él en una junta con más amigas. Me dijo te lo compro. Cómo se lo iba a vender, pensaba yo, si era mi primer anillo. Renata me decía yo te lo compro, tienes que venderlo weona, o no tendrás suerte en este negocio (ríe). Y de ahí me empezó a ir bastante bien. De todos los trabajos que hice en principio, no tengo ninguno.
–¿Hace cuánto eres orfebre?
–Hace 14 años, desde que comencé por primera vez a estudiar. Y como te digo, lo sigo haciendo. Hace poco terminé un curso de engaste, poner la piedra en el anillo, que no es llegar y listo. Que se quede ahí. Hay que crear una camita para apretarla y que así no se caiga.
–Es interesante. ¿Qué más se aprende?
–De todo. La gente comúnmente piensa que uno pone plata derretida en un molde, que es lo más común, pero eso también implica que esa plata se funde con una aleación con cobre, y según cómo sea su cantidad, terminará siendo el valor de la plata. Por eso existe la 925, 950, 980. Eso se aprende, como también a cómo doblar un anillo, calar o crear una argolla. Es un mundo enorme donde puedes adquirir una base en un año, pero fundir, laminar, engastar, pulir, todo eso es una técnica.
–¿Dónde estudiaste?
–Yo estudié con Daniel Waisberg, que enseña alta joyería. Argollas de matrimonio, anillos de compromiso. También en Firenze, donde me enseñó otro chico muy joven que se fue a estudiar a Florencia, la cuna de la orfebrería. Allá hay maestros con quienes me encantaría hacer un curso alguna vez. En Chile hay varias escuelas, también estudié con Claudia Correa. Uno se va perfeccionando de acuerdo a donde quieres llevar tu negocio. Pronto quiero tener la mía, pequeñita. A todas las que fui, eran de 10, 12 alumnos, y yo quiero lo contrario. Enseñarle a dos o tres personas, para enfocarme en mi rol.
–¿Te pasó al revés?
–Sí, muchas veces debía esperar mi turno para que me corrigieran algo y perdía tiempo, que es muy valioso en la orfebrería porque si te equivocas debes partir todo de nuevo. Hace poco me pasó. Fundí dos anillos, y tengo catorce años de experiencia. Es entretenido, desafiante y es algo que juega con la paciencia, que muchos no tenemos (ríe). Me incluyo. Si un anillo no me está resultando, paso a otra cosa y después retomo. Uno va trabajando sus tiempos.
–¿Tienes tu taller?
–Sí, tengo uno propio en casa, pero por ahora. Estoy pensando en tener una oficina y enseñar ahí. Pero por ahora estoy con mi taller y mi tienda en el Mall Vivo Panorámico. Y necesito llenarla constantemente de joyas, así que estoy produciendo todos los días.
–¿Cómo es ese trabajo siendo madre y estando en tu casa?
–Es difícil porque voy a dejar a mi hija Emma al jardín y tengo que ordenar mi casa, luego el taller, dedicarme a los pedidos, después el almuerzo, de ahí a buscar a Emma. Se hace cuesta arriba, pero tengo esa gente maravillosa que el camino te pone en la vida, como la persona que me ayuda con las cosas en la casa, y ahí descanso. Y también me doy tiempo para mí. No soy una esclava del trabajo o la maternidad. Me doy espacios de disfrute, o si no me vuelvo loca. Ser emprendedora, mamá y actriz, es difícil.
–¿Y cómo se dio combinar los tiempos con tu última obra (Perfectos Desconocidos)?
–Lo mejor, fue como un dulce en el camino (ríe). Veía con quien dejaba a Emma, casi siempre con mi papá, y de ahí todo era un dulce.
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Durante ese día en la cafetería fue inevitable recordarla en producciones audiovisuales como Cuenta Conmigo (Canal 13, 2009), Feroz (Canal 13, 2010), Valió la pena (Canal 13, 2014) o Lo siento Laura (Canal 13, 2016). Del mismo modo, en el escenario, sobre las tablas, como en Los Bonobos (2017) o en Perfectos Desconocidos; su papel más reciente. Ella interpreta a Bianca, una veterinaria inocente y correcta, nos explicó, «que se va dando cuenta, a medida que pasa la obra, que todos no son como ella».
«Es una obra de la vida real sobre qué nos pasa con el celular, tanto que lo usamos. Se transforma en una caja negra de nuestro pensamiento, esta comedia nos identifica en muchas partes. Hay gente que se adelanta al texto, lo que es heavy. Estamos haciendo la obra y se escucha desde el público el texto que viene. Se adelantan (ríe). Se sienten tan identificados que se transforman en un personaje más de la obra».
La Peka que conocimos tras la pantalla, en programas como Así Somos o Minas al poder —stand up comedy femenino—, no dista de la mujer que conocimos en una cafetería cercana al Mall Vivo Panorámico de Providencia, donde está su tienda, sus joyas y buena parte de su tiempo.
Simpática, de inmediato bromeó con su edad. Graciosa y levemente irónica, se rió de la vida y de sí misma, con una personalidad única y característica, que como nos aseguró, viene desde muy niña.
«Mi familia es cero ligada al arte. Pero cero, cero. De hecho, cuando era chica me metieron a clases de ballet, pero mis papás me sacaron al mes. Yo estaba contenta, pero ellos encontraron que yo empecé a bailar otras cosas nada que ver. Sobre todo Chayanne, que es mi favorito hasta hoy. Me imagino que dijeron no, se está chalando (ríe), así que la sacaremos. Imagínate “Torero” en ballet (ríe)».
Ella nació en la Región de Atacama, específicamente en El Salvador, debido al trabajo de su papá en minería, él prevencionista de riesgos. Creció en Potrerillos, una de las ciudades creadas exclusivamente para la minería, como Sewell o Chuquicamata, que fue declarada inhabitable en 1997 por los altos índices de contaminación. «A mí nunca me pasó nada afortunadamente, o eso espero (ríe). Una nunca sabe con los años».
El resto de su infancia y adolescencia fue varios kilómetros más al sur, en Villa Alemana, donde se rememora una muchacha enérgica, alegre y expresiva. Cosas que cualquiera podría suponer que la inclinaron por la actuación. Pero no fue así, sino que por algo peor. El bullying que recibió en el colegio.
«Me transformó en una chica introvertida. Para adentro. Hablaba poco, muy despacio. No tenía personalidad. Mi papá decidió meterme en la academia de modelos de Sara María Caro, en Viña del Mar. Ahí, aparte de que aprendí a modelar y que obtuve mi título de modelo profesional, de estatura baja, hay que decirlo (ríe), conocí el teatro. Noté lo muy entretenido que era y lo distinto que podía ser un personaje de otro. Empecé a sacar mi personalidad a medida que hacía distintos papeles. Tenía 16 años cuando creció mi pasión por el teatro, me metí a talleres del colegio, competí en interescolares, hice de todo».

Cuando llegó la hora de entrar a la universidad, dio la prueba y entró a Psicología, más que nada por la obligación de su papá de no estudiar una “carrera de hobby”. Lo que duró poco tiempo. «En las primeras clases me dijeron que no tenía pinta de psicóloga. Te lo juro. Mi respuesta fue más bien una pregunta. ¿Ustedes eligen a sus alumnos por pinta? Entonces no tengo nada que hacer aquí. Y cagué, era la primera prueba que me hicieron de entrada y no la pasé. Yo lo encontré heavy, pero agarré mis cosas y me fui».
Tras el hecho, una tía, la hermana de su papá, le dijo al mismo «que dejara de hinchar las pelotas», recordó Parra. «Que yo toda la vida quise ser actriz y que me dejara estudiar actuación. Fuimos al Duoc de Viña del Mar. La prueba que me hicieron de actuación fue sobre el último libro que leí. Lo expliqué y me dijeron que había quedado. Aún me acuerdo de mi papá cuando estábamos en lo de la matrícula y mirándome con cara de si estaba segura».
–¿Recuerdas tus primeros trabajos como actriz?
–Fue con mi papá (ríe). Parece que tenía mucho miedo de que su hija fuera una muerta de hambre, así que me pidió escribir una obra de teatro con cosas sobre la prevención de riesgo y así comprarla para la empresa. Aún la recuerdo, se llamaba Buenas Noches Josefina. Fue un exitazo, tanto así que la vendí durante todos los años en que estudié la carrera.
Después acompañé a un amigo en un casting de Mega y quedé yo. Me vio Alex Hernández y me preguntó si venía al proceso, le dije que no, pero que estaba estudiando. Me quedé y desde ahí nunca paré de trabajar. Congelé mi carrera dos años para seguir trabajando en Mega. Me acuerdo que terminó esa pega, volví a estudiar, me quedaba un semestre para terminar y me llamaron de Canal 13. Me querían para Cuenta Conmigo.
–¿Cómo seguiste?
–Tomé la oportunidad pero quería terminar mi carrera, no me quedaba nada. Les pedí si podíamos compatibilizar las cosas y el Duoc, que ayudaba a sus alumnos que estaban en televisión, me ayudó a ponernos de acuerdo para grabar mis escenas mientras terminaba mi título. Tuve un profesor, Carlos Díaz, que lo amo y que gracias a él soy actriz, que me preguntaba los horarios en que podía ensayar. Y si le decía a las 00:00 horas, me esperaban mis compañeros, a quienes siempre se los agradezco.
–Debe haber sido extenuante…
–Sí, tenía un personaje protagónico y estaba terminando mi título. Y para mi ceremonia, cuando fui a comprar mi foto, alguien ya se la había llevado. No tengo mi foto de titulación.
Mis papás fueron a comprarla y les dijeron que ya la habían vendido, así que si esa persona que se la llevó está leyendo esto, que me mande una copia.
–Ya eras famosa, en tiempos donde la televisión tenía más incidencia que hoy. Luego incluso te dedicaste a otras cosas que no fueron actuar.
–He hecho de todo la verdad. Teleseries, series, estuve hasta en SQP. Donde me pongan, me sumo. Mientras haya pega, lo que sea.
–¿Cuál es el formato que más te gusta?
–Las teleseries. Si me llaman ahora, yo digo que sí al tiro. Lo que pasa es que he hecho tantas cosas en mi vida que yo creo que por eso no me llamaron más.
–¿Qué encuentras en ellas? ¿Qué es lo mágico?
–Que te entregan un personaje escrito por una persona que no conoces, o que quizás sí, y que tú le vas dando carnecita. Modismos, vida, y a medida que avanza la teleserie, también va creciendo. Eso es muy bonito. Tener la posibilidad de ir evolucionando.
–Siguiendo esa lógica, podemos suponer lo que significa para una actriz interpretar un papel determinado, pero en el caso de la orfebrería, ¿cómo es para ti el trabajo de autor, elaborando piezas únicas, y cómo crees que se reflexiona sobre eso en Chile?
–He vivido de todo. Quienes quisieron que yo les hiciera las argollas de su matrimonio porque encuentran que soy simpática, tiro buena onda, confían en lo que hago, etc. Esas personas le dan valor a mi trabajo y eso lo agradezco. Pero también me pasó que dicen qué caro. En Chile aún no se entiende el valor de lo hecho a mano, es muy reciente. He mandado mis joyas a Estados Unidos porque allá son mucho más caras. Imagínate, sale más barato enviarlas hacia allá. Es lindo el valor que le dan, es cómo se debería cobrar, porque ese valor trae consigo el tiempo de la persona, su paciencia, sus gustos y sensibilidades. Y no todo el mundo lo comprende. Comúnmente se cree que es meter todo a un molde y chao. Y no es así.
–¿Cómo te abasteces de los materiales y lo que necesitas para realizar tus joyas?
–Tengo un proveedor en la India que me manda las piedras que busco específicamente. Y acá en Chile, tengo uno que se llama Promano, que son los típicos de los joyeros y orfebres. Uno va buscando sus proveedores y cachando el mote. Tengo otro en Limache, que hace sus trabajos en 3D. O sea, si quieres el monito que sale en tu camisa en un anillo, lo puedo hacer. Una calaca mexicana, pero con todos los detalles, las flores, los puntitos, el gastado, cosas negras, lo que luego se pasa a un molde.
–Es increíble lo que se puede hacer.
–La cosa que se te ocurra. ¿La insignia del Colo-Colo? Te la hago.
–¿Te piden cosas así?
–Sí. El más heavy fue Kurt Carrera, que me mandó a hacer el anillo de Linterna Verde y luego el de Superman. La joyería es un mundo enorme.

–¿La actuación y la orfebrería te han empoderado más?
–No, la maternidad sí. Heavy. Lo veo en cómo me comunico ahora, que es una manera totalmente distinta a lo que era antes. Antes era una loquilla que me decían “Peka, ven a hacer la vedetón”, y yo decía vamos. Ahora digo que nunca más lo haría. Antes no tenía esa capacidad de decir que no. ¿Cuál es el ejemplo que le doy a mi hija? Que está creciendo y que debe educarse. Cómo enfrentar la maternidad de una manera responsable me ha empoderado mucho. Para enseñarle valores a mi hija, para que no sea como yo y que haga lo que quiera.
–¿Ya lo hace?
–Sí, es parada de la hilacha (ríe), y eso es la educación que una le da. Su papá también lo hace, quien es un paisano estricto en ese sentido. Nos encontramos en un tipo de maternidad y paternidad equivalentes porque queremos lo mismo para Emma. Que sea una mujer que pueda tomar sus propias decisiones, sin miedo, y que sepa decir no.
–¿Ella ya te reconoce en tus trabajos de orfebrería?
–Sí, se pone a trabajar conmigo. Debo tener cuidado porque agarra mis herramientas y mis materiales. Es heavy, pero la dejo, para estimular su parte artística que la tiene desarrollada. Es la bailarina del curso. Y canta, inventa sus canciones, con actitud. Le digo que escuchemos La vaca loca para bailar, pero ella quiere que suene Tini. Anoche se puso a bailar como Anitta (ríe), y yo le digo cómo sabes eso, si nunca lo hemos escuchado. En el suelo, bailando como Anitta, con dos años. Atroz, pero la dejo.
–¿Qué expectativas tienes para este 2024?
–Mi proyección de este año es tener mi escuela de orfebre personalizada. Ya tengo mi tienda, pero quiero tener mi showroom para cosas más específicas. Y mi objetivo es trabajar y ser mamá. Si salen obras o de la tele, bienvenido sea. Yo lo haría todo. No dejaría nada.
