Modelaje, gastronomía y creatividad se entrelazan en la vida de esta chef chilena que desafía los límites de la versatilidad.
Su amor por la cocina y su determinación por seguir ese camino se gestaron durante su niñez, la cual no ocurrió aquí en Chile durante dos años, sino en Finlandia. El lugar de sus raíces paternas y de sus primeros acercamientos a la gastronomía. Y es que el tiempo de Martina Salopera en el país escandinavo le permitió compartir mucho con su abuela, quien la alentó en sus primeras exploraciones en las artes culinarias.
Su familiar ocupó un método simple y efectivo: no retirarla del lugar. Si Martina se acercaba con la inquietud de sus ocho años, era recibida con estímulos para que se quedara mirando, preguntando y aprendiendo sobre lo que estaba ocurriendo. Algo que hoy en día sigue practicando como chef y por lo que mantiene recuerdos de un espacio cercano, seguro, afectivo y hogareño, que preserva su legado en distintas recetas que ejecuta hasta el día de hoy.
Nos reunimos con ella casi a mediodía en Providencia, en un café cerca de su departamento. Ella llegó con mucha puntualidad, simpatía, memoria y remembranzas. Lo siguiente, dice jugo de maracuyá mediante, le sucedió una vez llegada a Chile, pues entrada su adolescencia nuestra entrevistada mostró un gran interés por la gastronomía y cómo disfrutaba con cada cosa que experimentaba.
«Me gustaba hacer pastelería, también cocinar de todo. Desde muy chica hice sushi, siempre me gustó la comida oriental y asiática, mis favoritas hoy en día. Ahora encuentro muy entretenido que se abran nuevos espacios y exista, por ejemplo, comida coreana en Patronato. O que puedes degustar de todo. La sociedad está mucho más abierta a aceptar la gastronomía de otros lugares», dice para Gritonas.
Martina Salopera viste una polera blanca con negro: tiene estilo, anillos, varios aros y tatuajes, así como unos lentes oscuros tipo Bad Bunny que no se quita. Es hija de un padre antropólogo y una madre diseñadora gráfica, a quienes cuando eran más jóvenes les gustaba mucho viajar, conocer otros países, otras realidades. Y por supuesto que en eso se incluía la buena mesa.
El trabajo en minería del primero les facilitaba esta opción, aunque no solo por eso su papá fue un factor importante. La influencia de su profesión dio entrada por el interés hacia diferentes culturas y tradiciones. Y esos viajes familiares le permitían probar comidas auténticas.
«Vivimos un tiempo en Antofagasta por el trabajo de mi papá y una vez nos pegamos un viaje a Brasil, en auto. Parábamos en cualquier pueblito y comíamos lo que había no más. Era esa experiencia de estar comiendo rico», recuerda para Gritonas.
Todo esto avivó en ella una fascinación por los sabores y la alta cocina. Y por otro lado, con su madre se inspiró en algo que Martina Salopera nos explicará bien más adelante: su versatilidad y empoderamiento.
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Se tituló como chef en 2022 tras cuatro años de estudio en los que realizó prácticas en diversos lugares, especialmente enfocados en la cocina oriental. Sin embargo, su experiencia en ciertos restaurantes le hizo reflexionar sobre la profesión y la vida que llevaba consigo. Algunos exigían largas jornadas de trabajo y apenas un día libre a la semana, lo que la hizo cuestionarse si quería estar así de atrapada.
Esta reflexión llevó a Salopera a considerar el emprendimiento como una alternativa. Su objetivo era adquirir conocimientos y luego interpretarlos a su manera, permitiendo destacar y seguir su propio camino en el mundo de la gastronomía. Así fue como comenzó su propio emprendimiento culinario, con el apoyo de dos amigos chefs que se unieron a ella. Juntos organizaron eventos corporativos y proporcionaron servicios de catering. A través de su presencia en las redes sociales, especialmente en Instagram, Martina anunciaba comidas caseras y ofrecía servicios a grupos de amigos.
Su relato es un testimonio de cómo seguir la pasión y la curiosidad puede llevar a una vida multifacética y satisfactoria. Su amor por la cocina, combinado con su espíritu emprendedor, la ha llevado a explorar diferentes campos y encontrar un camino propio con creatividad y determinación.

Cortesía Martina Salopera
–Una comparación interesante que se hace con la gastronomía es con el deporte de alto rendimiento, ya que en ambos casos existe un trabajo detrás, así como tras bambalinas, cuyo esfuerzo sólo se evalúa en la presentación final. En el primero, cuando llega el plato a la mesa del cliente, y en el segundo, cuando le toca competir.
–Ese trabajo se llama mise en place, un término de gastronomía de preparación previa. Estoy de acuerdo con esa comparación con los deportistas, porque una se prepara y una aprende. Quizás a veces tu desempeño no es el mejor, porque hay muchos factores que cuando uno está trabajando pueden influir. Y a partir de una única problemática en cocina pueden existir millones de soluciones, por lo que buscamos encontrar la solución correcta para que el producto llegue de la mejor forma al cliente. Es algo que depende del momento. El horno no estaba en las mejores condiciones y se quemó. O hubo una persona distraída y por eso pasó algo. O que un producto esté en buen estado, o la temperatura.
–¿Influye el estado de ánimo en el resultado final de la gastronomía?
–Sí, totalmente. En la gastronomía influye mucho eso de que cuando las cosas se hacen con amor salen mucho mejor. Es algo cierto, porque cuando iba a la universidad y me sentía triste, desanimada, un poco distraída, claro, no rendía en mi 100%. Me daba cuenta de que era un mal día. Una transmite muchas emociones tanto en el arte como en la comida.
–Me hablabas de tu gusto por la comida oriental. ¿Te quieres dedicar a esa gastronomía?
–Sí, a futuro me gustaría seguir como encargada culinaria o quizás seguir aprendiendo en otro país. Como tengo nacionalidad europea, me gustaría indagar más en la cocina allá, especialmente la de España. Viendo que todos mis compañeros se fueron a Barcelona a hacer prácticas y pasantías, y como yo no tuve esa experiencia porque no tuve la posibilidad en su momento, me gustaría hacerlo ahora como working holidays o algo parecido, e inclinarme más por la gastronomía de afuera. Quizás no haya tanto que conozca. Puede haber mucho que aprender afuera.
–¿Alguna de allá te llama la atención en particular?
–Más que una de allá, la verdad es que la oriental sigue siendo la más entretenida para mí porque es rara (ríe).
–¿Y la chilena?
–Me gusta, es entretenida, pero son sabores que, no quiero decir básicos, pero que no son como la peruana, que tiene fusión.
–¿La chilena no es tan compleja como la peruana?
–Claro, sí. La peruana tiene fusión china, asiática, japonesa. Acá siento que se ocupan sabores que solo hay en Chile. Por ejemplo, el merkén, el maqui, cosas que solo se dan acá. Es algo que de todas formas encuentro bacán. Por ejemplo, el Boragó explota muy bien esos recursos, pero siento que tal vez hay más cosas que se podrían fusionar en Chile para una mejor gastronomía.
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Si algo define a Martina Salopera es su versatilidad, ya que no solo se dedica a la cocina. Y sumado a eso, siempre está realizando actividades que nos hacen pensar en ella como una mujer que desafía a las expectativas y fomenta diversas actividades en su vida cotidiana.
Después de conocer más de su experiencia como chef, ahora nos sumergimos en su faceta como modelo y anfitriona, la que deja ver en las publicaciones de sus redes sociales y que también llena su corazón.
“Food, fashion & fun”, se lee en la biografía de su cuenta de Instagram.
En su perfil se la puede ver con tenida formal, con ropa urbana, con leggins, con trajes de baño y lencería, ella acomodada en poses y ubicaciones que cultivan una gran estética visual. Cada publicación es una muestra de su estilo único y versátil, con detalles cuidadosamente seleccionados que realzan su atractivo. Martina demuestra su destreza para captar la atención de los espectadores, dejando una impresión duradera en cada foto que comparte.

Foto: Emanuel Correa
Ese día en Providencia nos comentó que todo surgió en sus días de colegio, en donde explotó su cercanía con la fotografía. Le gustaba capturar paisajes y combinar su ropa con ellos, con el fin de lograr capturas destacables. Con el paso del tiempo, el pasatiempo evolucionó y aumentaron estos registros en Instagram, pero en esta época no tenía muchos seguidores ni buscaba algo parecido a la fama.
Una vez dejada la escolaridad, explotó esta dimensión aún más. Y fue durante la cuarentena cuando ciertas marcas comenzaron a notar su talento. Pronto llegaron las primeras propuestas de modelaje. Al principio, eran intercambios o colaboraciones sin remuneración. Pero hizo buenos contactos y creció su cuenta. Al poco tiempo llegaron las oportunidades pagadas.
«Primero fue una marca chilena de ropa, muy piola, de polerones y buzos. Y una vez estaba comprando algo en H&M y el chico de la caja me dijo oye, qué eres linda, te contactaré para que hagamos algunas fotos tenía una marca. Yo bacán, muchas gracias, y ahora resulta que es mi mejor amigo, y vive un piso más abajo que el mío».
Lo más gratificante fue poder trabajar con tiendas que ya seguía y admiraba. Esas primeras experiencias como modelo fueron emocionantes y le dieron la confianza para seguir explorando esta faceta en su vida. Y hoy es común verla vistiendo ropa urbana y todo tipo de vestimentas vanguardistas.
Estas oportunidades allanaron el camino para colaboraciones posteriores con marcas más grandes. Algo que le ha servido, incluso, para encontrarse con sus propias imágenes. «De repente voy al mall y me veo», dice Martina Salopera. «Una vez un chico que atendía en una de ellas gritó “eres tú”», recuerda.
–¿Cómo se sienten esas cosas?
–Lo encuentro bacán porque, sin una agencia ni nada, sin impulsarme y recortarme un porcentaje, pude hacerlo sola. Como hobby. Tampoco busco ejercer, ser modelo ni nada.
–¿No te interesa?
–He hablado con agencias e igualmente siento que se aceptan diversas chicas por inclusión, pero siento que mis tatuajes siempre llaman la atención. Quizás buscan un perfil de niña más agencia Elite, y no creo que tengan tanto interés por chicas con tatuajes. O sí, pero los que suelen tener ese tipo de modelos son mínimos.

Foto: Paulina Olivares
–¿Te rechazaron por estar tatuada?
–Sí. Trabajé harto como anfitriona, porque daba buenas lucas, pero sí me sentía discriminada por comentarios «no, ella es bonita, pero tiene mucho tatuaje». Y es como pucha qué lata, tendré que ir con una camisa manga larga, por lo que igual me sentía discriminada, aunque no lo tomaba personal. Siento que es una sociedad la que no está preparada para todo esto, no yo.
–Como hemos conversado, se te da natural hacer varias cosas al mismo tiempo, lo que se diferencia mucho de ciertos estereotipos sociales que se tienen con respecto a las personas, incluso más específicamente, con las mujeres.
–Personalmente, siento que todo lo que hago no responde a una perspectiva de llenarme como mujer, sino que es algo más. Es como llenarme el alma. Y estamos en el momento perfecto para que cualquiera haga lo que le gusta y que entre todos podamos desarrollarnos así como sociedad. Porque es cierto, a la sociedad en general le incomoda que una mujer se empodere tanto para hacer la cuestión que quiera. Y también pienso que no es algo que una piense intencionalmente.
–¿Cómo así?
–Por ejemplo, no me pasa intencionalmente que tenga que hacer muchas cosas, sino que se me dieron oportunidades y yo veía si las tomaba o no. De repente, una doctora que quiere ser modelo claro que puede llamarle la atención el modelaje, pero quizás no es tanto lo que pueda ejercer o sacarle provecho. Por los turnos no puede hacerlo, pero si tiene tiempo libre y es como un hobby para ella, puede que sí. En eso lo importante es que no se limite.
–¿Te sientes más empoderada por las diversas actividades que realizas como mujer?
–Sí. Me muevo en un círculo donde viene gente y me dice oye Marti, pero cómo, estabas trabajando en un catering recién y ahora en la disco como anfitriona (ríe). Llama la atención y me encuentran una persona trabajadora. Y yo siempre he sido trabajadora, y siento que en eso me inspiró mucho mi mamá.
–¿Por qué?
–Ella es diseñadora gráfica y después de un tiempo, por adaptarse a que nos fuimos a vivir a Antofagasta, hizo otras cosas. Vendió seguros, después fue azafata y luego estudió otra carrera, a los 30 y tantos años. Desde siempre la vi como una figura multifacética, como de que nunca terminaba de aprender, de saber lo que te gustaba o lo que la llena. Ella es mi gran influencia para hacer lo que yo quiera y además siempre me dice que tome cursos de tanto, haz esto, esto otro, y me ve a mí motivada con pegas y con mis cosas.
–Algo tendrá que ver también tu tipo de personalidad.
–Sí, puede ser. Soy tímida pero al principio. Después me suelto y sé que puedo lograr cosas. No me es difícil la comunicación, puedo conocer gente y hacer contactos, lo que ayuda a buscar otras redes. Otras cosas que hacer.

Foto: Araceli Bravo
–¿Qué te parece OnlyFans y ese tipo de plataformas que permiten vender contenido propio?
–Tengo Arsmate y encuentro entretenidas ese tipo de plataformas porque puedes estar generando plata a partir de vender fotos, lo que no necesariamente debe ser contenido explícito o que me haga sentir incómoda.
–Incluso hay gente que vende fotos de sus pies.
–Sí, eso es brígido. Siento que vender contenido es algo que a veces hago a la par. A veces lo tomo, a veces paro un poco, pero sí, lo hago. Y lo encuentro divertido.
–Gastronomía, modelaje, fiestas, contenido digital. ¿Has pensado en juntar todo lo que te gusta, todo lo que haces, en una sola cosa?
–Tendría que ser algo así como producción de eventos, pero debería tener harta gente encargada. He trabajado en banqueteras y eventos para 500 personas, y el personal que se necesita es bastante. Sí o sí, dos garzones por cada 20 personas. Gente en barra, otra de anfitriona, en la cocina lo mismo. También hay mucho que ir moviendo, pero ante tu pregunta, pensándolo a largo plazo, es algo que me gusta y que encuentro entretenido.
