Denise Ferreira: «Leer te da infinitas capacidades y te hace sentir poderosa»

La librera nos enseña del oficio, nos habla de su gusto por la lectura, de su libro de poemas y del empoderamiento que cada una puede encontrar en la literatura.

Un papá librero, una mamá lectora y una infancia llena de libros. Su inclinación por las letras fue desde muy joven. Denise Ferreira recuerda que de niña ayudaba a acomodar y ordenar distintas obras de todos los tamaños, portadas y colores, apiladas en su casa en Merlo, al oeste de la provincia de Buenos Aires. Había veces en que jugaba a ser la vendedora y en otras se asumió como la verdadera protagonista. 

«Me usaban como test para los libros del colegio, para ver si funcionaban conmigo. Yo era como la prueba», trae a la memoria para Gritonas.  

Aunque toda esta historia comenzó tras salir del secundario. «Vinieron las vacaciones de verano, antes de entrar a la universidad para estudiar educación física, y mi papá me llamó diciéndome que tenía trabajo para mí en una librería. Literalmente, partí al otro día, no pude descansar nada. Y de ahí fue como la confirmación de que esto era una pasión real. Aprendí lo que era el oficio de ser librera, que es súper distinto al imaginario que capaz que se tiene». 

Nos juntamos con ella una tarde soleada de viernes en Providencia. Denise tiene 30 años, es argentina y como ya mencionó, es profesora de educación física. También es editora y actualmente librera, desde donde despliega su amor por la lectura y la narración de buenas historias. 

Sus autoras favoritas son Amélie Nothomb (1966) —«la que más me gusta, la que más disfruto y que me divierte, y que año a año te saca un libro nuevo»—, Margaret Atwood (1939)  —«Me impacta que cómo hace tantos años ella pudo escribir tantas cosas que hoy decís ché, están pasando, o estamos a nada de que pasen»— y Sally Rooney (1991) —«no te olvides de ponerla en el listado»—. 

De su país, Mariana Enríquez (1973) —«la reina de Argentina»—  y Martín Kohan (1967) —«a quien tuve de profe»—, y de Chile Roberto Bolaño (1953-2003), Alejandro Zambra (1975), Gabriela Mistral (1889-1957) y María Luisa Bombal (1910-1980). «La que no leí es Isabel Allende. Es mi falta con la literatura chilena», dice. 

Desde la cómoda y escondida cafetería en que nos encontramos, donde quienes atienden la conocen y saludan, nos dice que 2019 publicó su libro de poesía Calar hondo en la batalla (Editorial Liberoamérica), del cual hablaremos más adelante. 

Vive hace un año en Chile con su pareja en búsqueda de nuevas oportunidades. Es una chica cordial que despierta simpatía. Es de respuestas largas y reflexivas. Tiene gusto por la moda, habla velozmente y por veces, como buena escritora, sabe zigzaguear entre el humor y la ironía. Fue el caso con lo del imaginario que se tiene de ser librera. 

Esa vez habló con la confianza de quien hizo propio el oficio en Argentina y también ahora en nuestro país, para una conocida cadena nacional de librerías. 

«La gente cree que una está en la librería leyendo todo el día (se ríe). Y no, en realidad son millones de tareas, más administrativas que otra cosa. Y aparte, que por mes, llegan las novedades de cada editorial o distribuidora, y los títulos nuevos, y son cientos. Otra cosa que se cree mucho es que los libreros se saben o leyeron todos los libros, o te dicen ah, cómo no te leíste este. Y, si te explicara la cantidad de libros que entran semana a semana, es imposible», se ríe. 

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La poetisa estadounidense Emily Dickinson decía que para viajar lejos no había mejor nave que un libro, y si pensamos en quienes son amantes de la lectura y, al mismo tiempo, libreros como Denise, bien podríamos hablar de una combinación de grumetes y capitanes de la embarcación literaria. 

Una navegación que ella compartió en su momento con sus estudios de educación física y luego, de edición en la Universidad de Buenos Aires, además de los laburos que le permitían mantener su propia economía. La pandemia, por ejemplo, la pilló trabajando en una reconocida tienda de ropa, cuando decidió lanzarse a la borda con su propio emprendimiento; Amelia, su negocio online de libros.  

«Como estaba encerrada en el departamento, dije qué hago. Algo que me guste y dije bueno, abro una librería. Siempre lo quise hacer y tuve distintas oportunidades de abrir un local físico pero nunca, no sé por qué, nunca me cerraba. Aparte de lo que es la inversión, el riesgo, el tiempo en que te retorne todo eso, entonces me pareció ver en la pandemia una oportunidad a través de lo online. Desde mi departamento, que sea el quilombo que sea, con torres de libros y eso, pero en lo online». 

Sigue. «Nunca tuve tiempo, siempre estuve durmiendo cinco horas por día, viajando tres horas para estudiar, después trabajando ocho horas, volviendo, acostándome a la una de la mañana, despertándome a las cinco toda la vida. Me dije que por fin estoy en mi departamento en donde lo único que hacía era entrenar, estudiar». 

Diseñó la web, creó las cuentas de redes sociales y comenzó con publicaciones. En lo administrativo, ya poseía muchos contactos y tenía la experiencia, pero lo que la frenaba un poco era que la situación no era necesariamente la mejor para los nuevos negocios. El estancamiento de la economía por el confinamiento.

«Todos me decían que no, que la pandemia hizo que la gente no tuviera plata, pero con mi negocio me fue súper bien. Vendí un montón porque en Argentina y más o menos a nivel mundial, se leyó mucho más por el confinamiento. Pero claro, decían que la situación económica estaba mucho peor, cómo la gente va a gastar por más que esté aburrida y confinada en un libro, además que los libros eran a precio dólar». 

Era agosto de 2020, iba bien encaminada y al mismo tiempo, seguía estudiando edición. Su conocimiento de la literatura la hizo, en poco tiempo, ser crítica de libros, ya que las editoriales les enviaban sus ejemplares para reseñas que ella realizaba desde un Instagram que comenzó a aumentar en seguidores. 

Esa vez, en el café escondido, le preguntamos si era feliz haciendo eso, así como el sueño del pibe, y dijo que sí, pero que a todo en la vida le llega un momento en que no se dispone de mucho tiempo, o de la capacidad de multiplicarse. 

«Todas las editoriales te exigen la misma atención y no, no te dan las horas para leer todos los libros que te mandan, entonces es ahí cuando empiezas a volver al oficio del librero. Hojear más o menos, ver la contratapa y tratar de escribir algo. Es lo más realista y lo que le pasa a la mayoría de los bookstagramer, que bueno, después se convirtió en una especie de oficio. Yo era como eso antes de que arrancara todo, como inicialmente, pero sucede que les mandan tantas cosas que nadie alcanza a leerlo y muchas veces no son del estilo que les gusta». 

Denise Ferreira rememora que en dicho instante volcó toda su energía y atención a su emprendimiento, pues sabía que le podría ir bien. Y que en su momento pensó en tener su propia editorial independiente, pero descartó esa idea. Algo que tiene presente como una buena decisión. También hizo su propio taller literario, “Matar al libro”, del que se referirá pronto en esta entrevista. 

No obstante, debido a una serie de factores personales, hoy Amelia se encuentra cerrada al igual que sus instrucciones como entrenadora, que realizó una vez cruzada la cordillera y que le permitieron conocer más la relación con el cuerpo que suelen tener las chilenas. Y como gran parte de esta conversación tratará sobre las letras y los libros, aquí van primero tres preguntas sobre esa faceta deportiva.

–¿Qué hacías como entrenadora?

–Daba entrenamientos personalizados en parques, plazas públicas y a domicilio. Trabajaba con los objetivos de las personas, que siempre eran todos diferentes, y en base a eso traté de llevar un enfoque a la salud y no hacia la obsesión. Hay gente que tiene las propias como “quiero tener el cuerpo de tal persona”, pero para mí, con que mejoremos y estemos sanos, y yo tratando de dejar mi semilla, se forma lo bueno del entrenamiento personalizado. Me permite hacer algo correcto con esa persona, a diferencia de las clases grupales, dónde los objetivos propios son más difíciles de cumplir. Hice también entrenamiento funcional, que hay mucha gente que solamente quiere eso. Algo dinámico, movido, y no de trabajar una sola parte del cuerpo. Y también entrenamiento en gimnasios, que vi que acá se usa mucho, pero que en Argentina es diferente. 

–¿En qué?

–Poca gente contrata personal trainer en el gimnasio. Allá los profes, que yo trabajé en Argentina, cualquiera, el que sea, se te acerca y te dice ah, es tu primera clase, dale, te ayudo, qué querés. Te arman una rutina a vos. Y eso está incluido en el gimnasio. Y si un profe ve alguna acción incorrecta, ché, cuidáte la espalda, te vas a lesionar, acomoda los brazos, baja la cola. Eso está incluido allá y es una de las diferencias que noto de la actividad física de acá. 

–¿Cómo lo hiciste con eso que mencionaste, de que “quiero tener el cuerpo tal”? 

–A mí me shockeo, allá no me pasaba así. Me sucedió aquí que escuché mucho “quiero tener tu cuerpo”, “quiero entrenar hasta quedar como vos”, pero, en el momento, me sale como decir vos estás diosa, vos estás divina, no me mires a mí o a otra persona, ni te dejes llevar por otras cosas. O lo otro es que quieren el cuerpo de tal famosa. Lo ven por redes y lo cierto es que eso es irreal, que pasa por un montón de edición y si así y todo fuese real, ella es una mujer distinta a vos. Obviamente, yo entiendo que socioculturalmente las mujeres, tenemos como esta opresión de tener una vida qué cumplir y estar en determinados estereotipos para ser validada. Si tenés tal cuerpo o tal cara, lo que sea, serás exitosa y te irá bien en la vida. Eso juega mucho en contra de la verdadera salud física, porque nada de eso pasa por ahí. 

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–En la descripción de tu tienda en Instagram se leía “¿No sabés qué leer? Háblame”. ¿Cómo lo realizaste?

–Busqué generar que vieran que era yo. Antes hacía videos hablando, algo más relajado. Que sintieran esa cercanía. No tenía respuestas guardadas y nunca di la misma para nadie. Daba verdadera atención personalizada, lo que se busque, y esto de que no sabés qué leer era como también dirigirlo a las personas que dicen ah, me encantaría leer, cómo lo hacés, quisiera desarrollar ese hábito que no lo tengo. O que te digan que no, que son muy grandes y no lo hicieron nunca. Mi idea era saber bueno, no sabés qué leer, nunca leíste un libro en tu vida, pero haber contáme, ¿qué te gusta? ¿Ves pelis, ves series, de qué tipo? ¿Qué te divierte? ¿Querés buscar algo que te distraiga, que te emocione, algún drama? Y en eso, voy tratando de mirar. Ché, puede ser esto. Trataba de preguntar o mandar links de YouTube. De sacarle esa despersonalización de la red social y transformarlo en una especie de comunidad. 

Cortesía Denise Ferreira

–¿Era difícil o se daba natural?

–Se daba natural. Creo que tengo facilidad para entender a las personas. Me considero empática, entonces puedo tratar de pensar en qué situación está la otra persona, ponerme en su lugar, ver qué libro puede ser apropiado o no. Una vez me pasó que alguien me dijo que más o menos le gustó mi recomendación. El resto fueron devoluciones súper positivas. En el taller fue más difícil, que se llamaba “Matar al libro”. 

–¿Por qué ese nombre?

–Se me ocurrió a partir del libro de Amelie Nothomb, Matar al padre (2011), y mi idea era como romper lo sagrado del libro. Ché, sí, lo que leíste es de una genia o un genio que lo escribió, pero hagámoslo propio. El libro sin el lector no tiene sentido, porque es el que termina dándoselo. Entonces matémoslo, hagámoslo propio, y que sea una experiencia. 

–Seguro que ese tipo de análisis viene de tu formación de editora.

–Sí, tal cual. Esto de la culminación del sentido con el que lo lee. Porque un libro puede estar publicado en librerías y todo, pero si no tenés lectores, ¿de qué te sirve? Preferible imprimir unos fanzines y eso tiene mucho más valor en sí. 

–Por tu experiencia y conocimiento, y una vez conociendo la realidad de acá, ¿cuál es tu análisis del mercado chileno? ¿Qué diferencia ves con Argentina?

–Lo de los precios fue lo primero que me impactó. Fuertemente. Allá está muy caro también, pero lo que tiene acá lo del precio, aparte de ser elevado, es que me hizo pensar en lo cultural. Qué espacio tiene acá la lectura. Lo relaciono con la ropa, que a mí me encanta que sea económica, pero también que los libros lo sean en el mismo momento. Si hay una persona que tiene un sueldo básico, y capaz que con lo que se compra un libro se compró una camiseta y un pantalón, pero si la persona necesita vestirse, se comprará eso y no algo para leer. 

–Lo otro queda en la entretención.

–Y todos pueden acceder a lo material, por ponerlo de una forma, pero lo que son las artes, lo cultural, lo intelectual, bueno, o tenés que dejar un poco más de lado lo material, sacrificar un par de cosas e irte a ver una buena peli o comprarte un buen libro. Eso, a mi punto de vista, me parece fuerte. Allá en Argentina ir al cine, no es que sea súper barato, pero podés ir. Dos veces al mes. Es más, lo más caros son los pochoclos. 

–¿Qué otra cosa ves distinta?

–En Argentina tenés la ley que obliga un precio único de venta al público, desde Jujuy, en el norte, hasta Tierra del Fuego. Vos querés tal título, vas a la librería, sale tal, y vas a otra y te sale lo mismo. Cuando me vine a Chile, compré un libro de Sally Rooney, luego entre una tienda y había cinco lucas de diferencia. Acá no hay nada que regule, entonces hay que averiguar en internet o ir a distintas librerías para obtener el más barato. 

–¿Cómo notas el nivel de lectura chileno en comparación al argentino? 

–Creo que hay menos lectores por lo que veo en la vida cotidiana. Sí se mantiene lo de ir en el metro con gente leyendo.También que los jóvenes o el adulto joven son los principales lectores, tal como ocurre con todas las editoriales mundiales. Lo veo bien, en crecimiento, que hay una curiosidad. 

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Calar hondo en la batalla, editado por Liberoamérica en 2019, es una obra poética autorreferencial y se inspira en una relación de pareja que tuvo Denise Ferreira en donde sufrió violencia de género. Fue publicado en un año donde se discutía el aborto legal en Argentina y en el que proliferaba el debate del “ni una menos”, así como del movimiento “Me Too” en el mundo. 

«Mi libro tuvo repercusión, obviamente por las redes sociales, me llamaron de programas y todo eso diciéndo ché, esto es posta, es tu historia. Obviamente que nunca reviviremos exactamente la experiencia vivida, pero bueno, la idea era el decir ché, no estás sola, me pasó a mí, pero yo lo digo y lo escribo, y tengo la suerte de que alguien me elija». 

En el café recóndito de Providencia, esquivando el sol desde la poca sombra que queda en la mesa, nos explica que lo suyo fue más bien al revés de lo que suele ocurrir con los escritores, ya que ella nunca presentó nada. La llamaron de tres editoriales, le preguntaron si tenía algo para publicar y ella ya venía escribiendo desde hace un montón sobre el asunto. Sintió temor ante la exposición de su caso pero cambió de parecer. 

«Si tanto digo que no nos callemos más con lo que sufrimos, me dije “no me callo más”. Tengo la oportunidad de que sea leído y me lo publicaron. Recuerdo que  empecé a recibir mensajes de un montón de chicas. Incluso recibí hasta el mes pasado, de una ex compañera de educación física que me leyó  y como que sentí la exposición y sí, te quedás como que saben de vos, pero a muchas también las ayuda a ver que necesitan terapia,que necesitan ayuda, lo que sea. Es como ponerle voz a algo que le pasa a millones».

Cortesía Liberoamérica

–¿Crees en esa idea de algunos autores de que la escritura sana?

–Es un poco liberarse, pero no me gusta esto de percibir la escritura como algo mágico. Y creo que también influye el proceso mismo de la escritura, porque yo sufrí mucho escribiendo, pero a la vez, creo que hay procesos que son necesarios y que sirven para que la cabeza se asiente y te ayudes a aceptar, antes de sanar. Esta soy yo y me reconozco. Bueno, no sé, sobreviví, estoy acá y vivo ese proceso de sanación y aceptación. Creo que duele, como cualquier expresión artística autobiográfica. Al poner algo de una, sea el conflicto, o la situación que sea, no es súper divertido, pero sí es necesario. 

–De acuerdo a todas las facetas en que te has desarrollado, ¿ves puntos en común entre tu cercanía a las letras y la actividad física?

–Sí, lo reflexioné hace poco. Lo que encuentro como puntos en común son la salud y el poder. La salud, con respecto a la literatura y los libros, trata de la capacidad mental de abstraerse y llevarte donde quieras ir con esas letras. Podés estar pasando por un mal momento, pero si te leíste un thriller o lo que sea, te olvidaste de tu drama. Por lo menos un rato tu vida cambió. Entonces, contribuyó a calmarte. 

Por otro lado, la actividad física nos mantiene con salud y con tener un cuerpo sano, en buen estado. Y pasa lo mismo con la mente, porque somos un cuerpo y una mente y si lo cuidamos, estaremos mejor. Aparte que libera dopamina y todo lo bueno, y te sentís más contento, en sintonía, más presente. 

–¿Y lo del poder?

–Y lo de poder, porque leer te da infinitas capacidades y te hace sentir poderosa. Esto de poder vivenciar distintas vidas a partir de una sola, poniéndote en la piel de este, del otro y del otro, y aprendés un montón. Y ese aprendizaje, ese conocimiento, da poder para ser mejor. Vivenciar múltiples experiencias y que eso haga que uno crezca más y que ese crecimiento te de poder de acción. De pensar mejor. De sentir mejor. Sentir más. No sé si me explico. Por las experiencias de las vidas de esos personajes, me nutro y eso me da poder. Y con el ejercicio físico, de sentirme fuerte y que mi cuerpo me puede llevar a donde quiero. Obviamente hay límites, pero esto de entender que todo depende de mí, de mi esfuerzo y que eso me hace moverme, al final, te ayuda. Te hace sentir mejor, en sincronía con una misma.

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