La necesidad de traslación y tener el valor de jugársela por las oportunidades, junto al empoderamiento femenino, se congregan en la historia de esta tatuadora y pilota chilena.
Fue a los 14 años, junto a su madre, cuando supo lo que quería para su futuro. No fue aquí sino que en Marruecos. Un viaje que la cambió para siempre.
«Allá me explotó la cabeza y comprendí que mi misión era eso, moverme», recuerda hoy Catalina Vigorena con 28 años de vida, siete como tatuadora, tres de tripulante de cabina, además de cumplir pocos meses como pilota comercial.
«Ver esas realidades, oírlas, olerlas, sentirlas, conocerlas, y aprender un poco de cada una de ellas. Y de ahí que mi búsqueda ha sido desde la ejecución de esa misión. Me gusta mucho la aventura, el mundo, las culturas, más allá del aspecto turístico. La traslación, el viaje interior como exterior», dice para Gritonas.
Estamos en una mesa alejada de un bar capitalino que se llena cada vez más de gente a medida que avanza el reloj. De seguro hay muchas historias aquí, pero ninguna es como la de ella, tanto en la forma como en el fondo. Catalina, ni en la infancia como en la adolescencia, se vio estudiando en la universidad. En una vocación profesional, en una carrera hecha. Lo que sí le gustaba era el arte y en particular, los programas sobre viajes y otras culturas que se emitían sostenidamente en la televisión chilena. Sobre todo en la señal estatal, se acuerda, ya bien entrado el 2000.
«Ricardo Astorga era mi gurú», bromea con aires de verdad. Huelga decir que por él ingresó a estudiar antropología un año y luego ingeniería comercial por dos, desistiendo de ambos intentos por lo desmotivante. Estar anclada a un pupitre, gastando dinero y escuchando lo que no se quiere oír, era un atropello a lo que decía su corazón.
Dejó de lado los estudios, trabajó mucho, juntó plata y argumentos de independencia, y logró concretar otro viaje. Fue a Brasil, en compañía de dos amigas, que le hizo sentar la mente sobre el futuro. Allá supo entender que el mundo estaba lleno de oportunidades. «Lo difícil es tener el valor de lanzarte por ellas», recuerda desde su asiento.
«La cosa es que si de algo me impregné en Brasil fue del mundo del tatuaje y su cultura. En la playa veía señoras de 70 años con el torso tatuado entero. Entero, hasta el cuello. Era una valoración que hace siete años no existía en Chile. Lo pensé y dije que quería empezar a tatuar, porque sabía que podía ser una fuente de ingreso y que me daba mucha libertad, porque necesitaba mis manos, nada más».
Así esta meta pronto se haría realidad. Tras una vuelta al país y un posterior retorno a tierras bahianas, Vigorena logró trabajar en el estudio de un tatuador chileno en Porto Seguro. La oportunidad provino del dato de un amigo, también chileno, a quien se encontró en un transbordador del río Buranhém hacia Arraial d’Ajuda. Quienes no creen en las coincidencias dicen que este tipo de momentos nos esperan desde siempre.
Fue su asistente y su aprendiz a tiempo completo.
«Llegaba a las 09.00 am para limpiar el estudio. Aprendí a limpiar y desarmar máquinas, a limpiar mesas. También tenía tiempo de ordenar y aprender de sus diseños, además de millones de revistas y libros que estaban repartidas. Me dijo que ordenara todo, que organizara a mi pinta, y que estudiara, que me inspirara».
Continúa. «En esa hora el estudio era mío porque todo comenzaba a las 10:00 y hasta las 12:00 ó 13:00. Y como era su asistente, contestaba el teléfono para agendar citas, respondía todas las consultas por Facebook, recibía a la gente que llegaba. Con esa pega me empoderé porque tuve que conversar harto».
Tras la hora de almuerzo, Catalina Vigorena se sentaba sagradamente todos los días a su lado para aprender. A la usanza de los cirujanos, de los ebanistas, los pintores, los escultores, de los cocineros.
Veía el ángulo de la aguja, la posición de la máquina y la fortaleza de la mano. Primero era esto y después lo otro. Tres meses, desde las dos de la tarde a las nueve de la noche. Al cuarto, su primer cliente: una chica que quería una boca mordiéndose el labio.
«Era toda lineal. Me quedó buena, aunque el relleno del labio era de líneas bien finitas juntas. Le puse mucho voltaje a la máquina y para líneas finas hay que hacerlo más bajo. Hubo algunas líneas que me quedaron mal», se ríe ahora.
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De ahí a que hoy su historia sume siete años como tatuadora, primeramente a domicilio o en su casa, y en este momento, desde un estudio ubicado en Las Condes, con un catálogo que propone flora, ornamentos, mandalas, líneas, círculos y muchos otros diseños. No obstante, el sentimiento por moverse, trasladarse, no ser de aquí ni de allá, aún se hacía fuego en su interior.
Algo dentro suyo le decía que debía seguir dando vida a esta misión que surgió en Marruecos. Desentendió la normalidad, se movió de su puesto e hizo más cosas, entre esas, garzonear cuando el tiempo lo permitía. Sin embargo, a los pocos meses, se encontró exhausta, física y psicológicamente. Nada obedecía necesariamente a que ella fuese feliz.
Catalina rememora que era septiembre de 2017, «y me acuerdo que un día, conversando en un almuerzo, comenté todo esto con mi familia. Ya no sabía qué hacer. Entonces, mi hermana mayor me dice que vio una publicación en Facebook en la que estaban buscando tripulantes de cabina de Latam. Y a mí que me gustaba viajar, conocer otros lugares, además de tener la altura, hablar tres idiomas y haber trabajado en servicio al cliente, me podía venir muy bien. Esa vez terminé de almorzar, me paré, postulé y comenzó todo».
Quedó seleccionada para los procesos finales y al mes siguiente dio inicio al curso profesional. De ahí trabajó como azafata internacional hasta mayo de 2020, por las reducciones de personal a causa de la pandemia.
«En mi primer año como azafata, el 2018, no tatué porque estaba muy metida en esta pega, que era nueva y que cansaba mucho. Me puse a pololear más encima, entonces mi tiempo libre era para mí, para la familia, los cercanos…».

–Suena extenuante…
–Fue súper extenuante. Recién al segundo año me puse a tatuar de nuevo.
–Un punto en común y particular de tus dos actividades tiene que ver con el viaje. Por el aire, con los aviones, pero también por la piel y los tatuajes, ya que es algo que comienza y termina. Ambos son parte de un camino. ¿Estás de acuerdo? ¿Cómo reflexionas ante ello?
–Sí. Por un lado, es bonito, porque al final, a través de la búsqueda de este viaje interno que quiero hacer a través del externo, he buscado herramientas que me permitan realizar esa misión. Y al encontrarlas, con los tatuajes y los vuelos, se han convertido en pasiones. Aunque si bien son mis grandes pasiones, para mí son herramientas para llegar a algo.
–Siendo tan diferentes…
–Y al mismo tiempo. Es interesante cómo se fusionan o qué entrega cada una. Es loco porque mi mente en cada actividad pasa por un viaje, un desafío adrenalínico de compromiso y creatividad. Por un lado, la creatividad del lóbulo derecho, que es lo artístico, de comprender lo que quiere la persona y llevarla a cabo en un tatuaje, y el vuelo, que es esa creatividad pero desde la lógica. No de inventar algo, sino que de tener la capacidad que en mi mente encuentre una idea para solucionar eso.
–¿Cómo lo ejemplificas?
–Si bien en un vuelo no tengo un compromiso tan directo con un único cliente, como sí lo es en el tatuaje, si tengo la idea de 150 personas atrás que dependen de la decisión que yo tome. Es loco, porque son cosas totalmente distintas, pero que de alguna manera tienen un punto de encuentro en su esencia. En lo que me entregan.
–En todos estos años, ¿cómo han sido tus avances como tatuadora?
–He avanzado mucho, he aprendido bastante y es un camino que nunca se deja de aprender. Hay días que hago un tatuaje y me digo cómo he avanzado, y otros en que digo que no (ríe).
–¿Qué cosas te hacen sentir que has aprendido? ¿Por el tiempo que te demoras?
–Por el resultado. Con el tiempo intento no presionarme, dejo que se dé. Si me demoré poco, bacán, se me hizo fácil, pero para mí lo importante es el resultado. Ver un tatuaje sano, una piel recuperada porque pinché bien, eso es lo más relevante. Pero de todas maneras he avanzado un montón. Hoy entiendo mucho más cómo funciona la piel y cómo mi técnica puede ser mejor. Puedo trabajar varios tipos, no solo una. Y también sé lo que quiero o no hacer. Me he identificado como artista.
–¿Qué es lo que te gusta?
–Los ornamentos, me encantan. También el contraste de línea gruesa con delgada. Los colores sólidos.
–¿Y qué no?
–No me gusta mucho el tribal, no me gusta el efecto acuarela. Siento que no es algo para la piel, pero sí para un papel. No me gusta el típico dibujo de Pinterest en donde no hubo una búsqueda real. Ahora, cuando llegan ideas así, no tengo problemas, pero les doy una vuelta.
–¿Cómo es tu proceso para tatuar?
–No tengo uno definido, así como un manual, porque todo es súper subjetivo. De 10 tatuadores, te aseguro que cuatro te dirán cosas muy distintas. A mí parecer, lo que yo primero recomendaría a alguien que se quiere hacer un tatuaje es estar seguro. Y si bien uno elige algo por lo estético, mi recomendación es que sí lo elegiste así igual intentes darle una cuota de peso al tatuaje. De sentido.
–¿Por qué?
–Porque lo estético pasa de moda. Los gustos cambian con la vida. Si te quedas en eso, capaz que luego te guste otra estética. Y ahí luego te aburrirás y será un problema. Pero si le das un sentido, cierta afectividad emocional, lo que sea, invéntate una, eso perdurará en el tiempo.
Después, debes buscar a tu artista. Ver la persona que te plasmará para también sentirse tranquilo con las decisiones que ella tome en la sesión. Y después, nada, sentirse en paz, tener buena disposición, tomar agua, no ir encañado, y también llevar por buen proceso la cicatrización y el cuidado, que es fundamental para el resultado final.
–Algo que siempre llama la atención es la preparación de la mesa de quien tatúa…
–Que es muy importante. Hay que ver que la superficie y el material que se utilizará en el trabajo estén desinfectados y esterilizados con alcohol o amonio cuaternario. Que todo esté cubierto con paños esterilizados o cosas que después se puedan desechar. Asegurarse que todo el material que se ocupe en la sesión esté recién abierto, que abran las agujas ante tus ojos. Y que el ambiente de la mesa sea limpio, que no haya contaminación cruzada. Que nadie que esté fumando, que no pase un gato por encima, y si es al aire libre, que puede ser, que sea en una zona limpia.
–¿Cómo tú reflexionas del rol ético que tiene el artista tatuador para llevar a cabo un diseño que quizás no sea de sus gustos a la hora de tatuar, o que sabe que le puede quedar mal a la persona?
–Lo esencial, desde el tatuador, es la comunicación. La sinceridad. Obviamente, siempre con tino, y también desde la persona que será tatuada, a tener la mente abierta para sugerencias. Pero si veo que me llega un trabajo que no me gusta, que quedará feo, hablo con la persona y le digo que puedo crear un diseño desde la idea de lo que se quiere, pero desde mi línea gráfica. De otra manera, me sentiría falsa con mi arte, con lo que yo creo y con lo que estoy haciendo.
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–Así como luego de un despegue, tu experiencia desde los aires también ha ascendido. De asistente de vuelo a pilota comercial.
–Y ha sido muy interesante. Fue un mundo nuevo. Ser azafata me abrió muchas puertas. Conocí personas y países, aviones al revés y al derecho. Entré a ser tripulante de cabina sintiéndome niña, no desde lo infantil, sino desde que me faltaba un poco de este empoderamiento. Me empoderé más como mujer, a sacarme provecho. Me compré ropa afuera, cambié mi look, me empecé a peinar con mi estilo y eso me ayudó mucho como mujer a sentirme segura. Hasta el punto que vi esta vida de los pilotos y pude decir “yo quiero”. Yo creo que puedo hacer eso y lo intentaré. Entré a hacer el curso de piloto sintiéndome súper empoderada.
–En marzo de 2020…
–Aún era azafata, encontré la escuela y justo me echaron. Los tiempos fueron ideales. Si nunca me hubieran echado de LAN, nunca habría seguido como tatuadora como estoy ahora y nunca me habría potenciado como lo que soy. Ahora veo que todo fue perfecto porque, si no, si era tripulante y estudiante al mismo tiempo, capaz que no habría seguido tatuando. Desde ese momento hasta ahora, tres años después, di un paso gigante en mi vida. Y esa misión que tenía desde los 14 años ha madurado con el tiempo y ahora me siento, aparte de empoderada, con muchas más herramientas sociales e intelectuales para poder llevar ese plan a cabo.
–¿Con qué tuvo que ver? ¿Con un ánimo, con una emoción, una espiritualidad?
–Con todo, pero con el tema del vuelo, con que sí puedo hacer las cosas. En el mundo, el 5% de los pilotos son mujeres y en Chile, el 8%. Ser parte de una minoría, en un universo de algo tan complicado como volar un avión, me hace confirmar que sí puedo. Y en ese sí puedo, soy de la minoría. Estar en un mundo tan masculino, machista, me ha entregado muchas más herramientas sociales para conquistar el mundo. Ya estoy en un microuniverso altamente machista que me hará creer que no puedo y sí puedo.
–Te cambió…
–Desde que entré a los 23 años para ser azafata, y ahora que tengo 28 y soy pilota comercial, soy otra persona. Además, a los 28 se cumple el cuarto septenio. Un momento importante de la vida y que lo he sentido heavy.
–¿Qué expresiones de machismo hay en la aviación?
–Para partir, la inhabilitación. Que te ponen en duda. Te sorprendería la cantidad de personas que dicen que le daría miedo subirse a un avión pilotado por una mujer. Y dentro del mismo mundo, el aire de jerarquía y que una capitana, con el mismo cargo y años de experiencia, sea inferior al capitán hombre solo por eso. Por ser mujer. Y te lo hacen saber por comentarios, con aires arribistas, con ignorancia.

Cortesía Catalina Vigorena
–¿A qué tú atribuyes la poca presencia femenina?
–A que nos han hecho creer que es algo de lo que no somos capaces. Porque al momento de tomar una decisión seria, dicen que somos muy emocionales, no sé. Nos hacen creer esa hueá. Simplemente por eso. Que todo lo que es fuera de la casa, de desafío, de intelectualidad, todo, es para el hombre. La mujer, supuestamente, es para cuidar a los hijos, cuidar las emociones y a este hombre que viene del exterior. Y no es así, incluso quizás somos más preparadas porque tenemos el cerebro y el corazón más desarrollado. Nos han hecho creer que tenemos un rol que cumplir y un trabajo de ser pilota de un avión enorme e importante, no.
–Lo que supuestamente no aplica para el hombre…
–Claro, se entiende que el hombre es capaz de por sí. Como que está hecho para esas misiones imposibles, así como que es el encargado de esas cosas peligrosas.
–¿No hay diferencias entre una mujer y un hombre en la aviación?
–Nada, ninguna. Menos en un vuelo comercial. Hay que saber manejar un computador, entender física, entender por qué vuelas y los procedimientos. Y en los procedimientos no necesitas ni fuerza ni nada. Necesitas intelecto, la mente, y la mente no tiene sexo.
–¿Qué más se requiere para ser pilota?
–En términos prácticos, un inglés nivel cuatro, que es alto, porque la aviación es internacional. Ser mayor de edad, una condición física y de salud impecable, psicológica también, y una mente matemática. No hay que hacer grandes ecuaciones ni ser un físico pero sí hay que entender los números y hacer cálculos rápidos.
En términos de desarrollo personal, se necesita mucha seguridad, disciplina, porque hay que estudiar mucho, y entrenar mentalmente sobre las cosas que pueden pasar. Todos los vuelos y los aviones son distintos, las condiciones igual y hay que saber qué hacer ante todas esas diferencias. La seguridad de tus decisiones va de la mano de cuánto tú sabes, y para serlo hay que saber mucho, ser disciplinado y tener alerta tu cerebro.
–Cómo reflexionas sobre los estereotipos que se generan en las dos actividades. ¿Cómo has visto el cambio de estereotipos como tatuadora?
–Heavy. Como te decía, yo me fui a Brasil y aprendí a tatuar porque en el momento que quise hacerlo en Chile no se hablaba del tema. Era un tabú. Allá había una apreciación y una valorización a la cultura del tatuaje. Cuando volví, eso estaba empezando de a poco. Más gente interesada. Hoy en día casi nada, pero igual a veces me pillo con gente que dice que hasta aquí no más (toca su muñeca izquierda), porque no se me puede ver en la camisa. Si bien, hoy en día el boom es masivo, ya se rompió el tabú del tatuaje, pero no de los tamaños o las extensiones. Sí he visto una evolución muy bonita en el país por la cultura del tatuaje, pero siento que de todas formas queda mucho.
En mi otro rubro, la aviación, sigue siendo tabú. Recién ahora se permitieron a los tripulantes de cabina tatuajes del porte de una piocha. Visibles. Cinco centímetros. Pero es un pasito. Cuando entré a volar hace cinco años atrás, no era permitido. Ahora sí. Claro, para poder vestirme tranquila con mi manga pasarán muchos años, pero tengo fe de que todo esto avanzará. No va a retroceder, está creciendo de a poco y ha habido un avance potente en temas de valorización.
–¿Y con respecto a ser una mujer tatuada en la aviación? ¿Te ha tocado o has sabido de la situación?
–Hoy en día es un 50 y 50. Un bando de personas que te dice que te echas a perder con los tatuajes y otros que ven personalidad, una identidad, alguien que sabe lo que quiere. Tatuarte el cuerpo completo es una decisión importante y cuando te encuentras con alguien así, es una carta de presentación de alguien estructurado. Para mí, como mujer, muchos me comentan lo lindo que genero al verme tatuada.
–¿Se da una doble actividad como la tuya en el rubro del tatuaje?
–No, porque alguien que quiere ser tatuador tiene que dedicar el 100%. Generalmente, se centran en eso. Y siendo pilota, menos. No obstante, como yo ya sé los tiempos de una pilota, porque son casi los mismos que el de una tripulante de cabina, tengo las herramientas para organizarme en ese calendario de días libres, mensualmente. Eso quiere decir que, en un futuro, podré ser pilota y tatuar. Seguir con ambas cosas. Estoy confiada que sí.
