La personal trainer transmite a sus alumnas lo mismo que ella sintió tras cruzar la meta de una maratón: el poder que cada una tiene para ser feliz.
Si esta historia tuviese un centro, estaría exactamente en la mañana del 6 de abril de 2014, cuando se desarrollaba la Maratón de Santiago. Uno de los eventos deportivos más importantes del país, tanto por su convocatoria como por la influencia que ejerce en una ciudad que, en menos de un día, se levanta por la actividad física y las ganas de correr. En ese año lo hicieron cerca de 25 mil personas, de diversas edades, ocupaciones, o más bien vidas, con una en especial que cambió para siempre tras cruzar la meta.
Hablamos de Catalina Sepúlveda, hoy personal trainer certificada e instructora en HIIT, pero en esos años una simple corredora aficionada. Ese día finalizó su carrera de 21k en 02:11:27, con el “17727” en el pecho y la espalda, como dice el registro oficial alojado en internet, lo que terminó siendo una alegoría numérica no tan valiosa como la lección de empoderamiento que vivió tras detenerse para descansar. Algo que suele recalcar hoy en día, como entrenadora de mujeres.
«Antes de eso (sus 21k), yo no movía ni una pata. Era floja y en el colegio me eximía de educación física por escoliosis. Mi pololo corría desde hace muchos años y yo no entendía cómo la gente se podía levantar a las siete de la mañana, un sábado, para hacerlo. Pero empecé a acompañarlo a las corridas, esperándolo en la meta, y poco a poco me di cuenta que la gente la cruzaba feliz. Hecha pebre, pero contenta. Algo tenía que pasar para que fuera así. Me dio ese bichito y en un momento me propuse correr», recuerda en un café de Las Condes.
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Sus inicios no fueron alentadores. Dijo que corrió una cuadra y casi llegó muerta, debido a la endurecida costra del sedentarismo. En un momento le pregunté por los cigarrillos y me dijo que sí, que era fumadora social, no adicta, pero de esas que una noche se bajaba 20 puchos. Y una actividad física así, lo dice por experiencia propia, es un paso al frente en esa disyuntiva de dejarlo. «Me dije que a mis 40 años no podía estar así, porque en algún minuto tendría 50, 60 o más y no sería lo mismo», dice para Gritonas.
En esa época Sepúlveda también era otra persona en lo laboral. De profesión cosmetóloga, desde 2010 se dedicó a los alisados de pelos, tanto por su gusto estético como por las intenciones de no tener un jefe, un supervisor, alguien cualquiera que la mande. Fueron muchos años de esfuerzo, advierte mientras se toma el pelo con ambas manos, sacrificando fines de semana, incluso feriados, para lograrlo. «Si me pedían ir a La Florida, yo iba, siete de la tarde, en metro, hora peak, con mi bolsito, y nunca me pasó nada», toca tres veces la mesa de este café.
Sucedió entonces que se separó de su marido y tuvo que pensar qué hacer, pues había tres niños y una casa que sacar adelante. Pensó en formalizarse, en pervivir de los contratos y los horarios de oficina, pero como le empezó a ir mejor con los alisados, se mantuvo. El momento le sonrió al punto de poder invertir en un auto con tal de eficientizar el negocio, porque los viajes seguían igual de largos y extensos por Santiago.
Llegó a invertir en un auto con tal de volver más eficiente el negocio, con viajes más largos y extensos por Santiago.

Cortesía: Rubén Burgos
«Junto con eso, conocí a mi negro», dice sobre su actual pareja corredora, de quien siempre tuvo apoyo. «Fue súper capo porque nunca me presionó. Me estimuló con lo típico que a una le gusta, como verse bien, con la calza, la zapatilla, el peto, etc. Me empezó a gustar tanto ésto que le dije que nos metiéramos en un team de running, y ahí se inició todo. Partimos con 5K, luego 10, y en menos de seis meses, ya estaba corriendo mis primeros 21k en la Maratón de Santiago».
Esa corrida fue la de un antes y un después, que les empiezo contando en este relato, pero lo episódico es que después me enteré que la meta, los 21K, los brazos al cielo, los rostros pintados de felicidad, todo lo que viene después de correr por tanto tiempo, no fueron nada comparado a lo que pasó dos años después, cuando volvió sobre sus pasos y realizó los 42K de esa misma maratón. Ahí sí que su vida cambió.
Ella lo reconoce:
«Cuando estaba terminando, llegando a la meta, me dije que si podía hacer esto, podía hacer todo en la vida. Fue un hito, porque más que hacerme bien para el cuerpo, ya que correr una maratón es un trabajo físico enorme, me hizo bien para la mente. Ese momento me dio alas. Si hice esto, cuando antes yo no corría ni para tomar la micro, podía hacer cualquier cosa».
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En lo físico, su primera transformación fue bajar las cargas para correr; empezó a hacer gimnasio. Se enamoró de las pesas porque vio cambios físicos que le gustaban. Se metió más en el tema, siempre sola, hasta que comenzó la pandemia y tuvo que hacer algo. En lo laboral y en lo personal.
«Nos tuvimos que armar un gym en la casa, con un toldo, con mucho frío en el invierno, con mucho calor en el verano, y la pandemia me hizo darme cuenta de que, aparte de mis alisados, yo quería hacer otra cosa más. ¿Y qué era lo que a mí me gustaba? Esto del fitness», apura un sorbo de su café.
Lo tuvo claro, no hubo recovecos. Estudió para ser personal trainner porque quería entrenar a más mujeres como ella en su casa, en su gimnasio, ese que ahora es más grande que como partió.
«Yo pensaba que era fácil, pero tuve que estudiar mucho. Comencé en abril del año pasado, que fue uno de mucho esfuerzo. Estuve a un día de decir no puedo. No puedo con mis alisados, no puedo con ésto, porque no soy superwoman. Fue un par de días que lo sentí y a finales del año pasado tuve que dar mi examen oral, luego el escrito, prueba, blabla. Fui súper capaz pero me costó. Terminé todo en diciembre del año pasado».
Aprendió fisiología, nutrición y teoría del entrenamiento, su ramo verdugo, me cuenta con desagrado. También marketing, psicología y varias cosas más que la tuvieron braceando contra la corriente. Y ahora, en este local donde sus mozos ya se preparan para la clientela del almuerzo, Catalina trae a memoria un recuerdo sugerente.
En un momento, le pidió a sus hijos que si luego la veían con ganas de estudiar otra cosa, lo que fuera, que la pararan. Que la detuvieran ahí y le dijeran que no:
«Cuento corto, en la misma parte que estudié, ahora estoy estudiando un diplomado de nutrición deportiva y otro de preparación física, para aconsejar efectivamente y responder bien. Si una chica quiere que la entrene con pesas, pero además corre, no puede ser de la misma manera que con otra que busca solo cambios estéticos. Si bien lo que estudié es súper amplio, esto es más en específico», son sus palabras.

Cortesía Rubén Burgos
–¿Qué es lo que se entrena contigo?
–Hago circuitos de fuerza, más entrenamiento funcional. Siempre mezclo los días. En uno hacemos fuerza, que es pesas, y otro lo dejamos para aplicar un poco más de cardio y peso propio. Me gusta la dinámica de ir intercalando, porque hay quienes se sienten más cómodas haciendo una cosa, pero una como instructora debe ser diversa.
–¿En qué sentido?
–No me quiero centrar solamente en entrenar a pura pesa, porque también hay que hacerlo en equilibrio y agilidad. Por eso el diplomado que te contaba. Ahora, tengo un proyecto que lo sacaré pronto.
–¿De qué trata?
–De planes de entrenamiento online, tanto para mujeres que van a un gimnasio o que entrenan en su casa.
–¿Será el mismo contenido que del entrenamiento presencial?
–Sí. Lo mismo pero en digital.
–Me gustaría volver a tus primeras clases. ¿Con qué intenciones te fuiste encontrando con tus alumnas?
–De distinto tipo. Algunas querían verse bien, otras por lo mental. Una me dice que es su recreo luego de los niños, las clases, la pega, pues conmigo se cansa pero es un cansancio rico. Todas van por salud, por estar mejor y porque les ayuda. La primera alumna que tuve, de 34 años, me dijo que quería sentirse bien tanto por salud como porque quería ir a la feria y cargar, ella sola, sus cinco kilos de cualquier cosa hasta cuando sea mayor. Ella luego me contó que a los dos meses de estar entrenando conmigo, lo hizo. Estaba sola, cargó cinco kilos de papas por decirte, y su casero le preguntó si se los llevaba al auto. Ella dijo que no, que podía hacerlo. Y pudo. Esas cosas me gustan mucho, como que me doy por pagada.
–¿Qué te hace sentir eso?
–Que hago bien mi pega, más que enfocarnos en la técnica perfecta, porque yo soy muy metódica. Hacemos sentadillas con barra y me fijo en las rodillas, que no se vayan para adentro, blablabla, pero aparte quiero que se sientan bien conmigo.
Por eso decidí entrenar a puras mujeres. Porque siento que, entre nosotras, una como que adquiere más confianza. Se dan mucho más que si tuviesen un profesor hombre, que no es por mirarlo en menos, pero una con las mujeres se abre naturalmente. Claro, puede que los primeros meses sean de puro entrenamiento, pero yo siento que a partir del segundo todas se abren. Te cuentan cosas que les pasan. Yo no quiero reemplazar al psicólogo, pero ésto también ayuda.
–¿Cómo trabajas lo emocional?
–A mí me gusta mucho ir más allá del trato profesora-alumna, pero voy viendo. Veo cómo se va dando, porque hay personas muy tímidas, otras cortas de genio, unas que no salen de su papel, entonces analizo cómo se van dando ellas. Y cuando veo que hay un espacio para abrirse, no sé, les tiro una talla. Soy muy auténtica, no tengo poses. Tampoco soy como milico para la cuestión, porque si las veo cansadas, les exijo menos. Yo no veo lo que les pasa de la puerta para afuera, pero eso te lo da el tiempo. Una trabaja con personas y tampoco se pueden tratar como un ejército, porque no irán a la guerra. Están conmigo para sentirme bien, pero también para encontrar un espacio para ellas.
–Y en tu rol de instructora, ¿cómo trabajas con respecto a los estereotipos que posiblemente surgen sobre el cuerpo perfecto?
–Hace poco estuve conversando con una alumna que los cambios físicos vienen con el tiempo. Le dije que lo primero que ella notaría es que se sentiría mejor de mente, con más energía, más ánimo, de todo. La cosa es que ella quería tener un abdomen más marcado, mejores piernas, más poto, pero cuando esas son las intenciones una tiene que ser cuidadosa. Primero, porque yo también entreno para verme bien, pero también porque eso implica un cambio de mente y luego uno físico, que viene con el tiempo. Cuando una se relaja, no crea altas expectativas en torno al cuerpo. Una debe enfocarse en que el entrenamiento es un estilo de vida.
–¿De qué manera?
–Para mí entrenar es como lavarse los dientes. No me lo cuestiono, hay que hacerlo. Y como te dije, hay veces que me da una lata entrenar, pero pongo el piloto automático, me cambio de ropa y listo. Eso hay que lograr. Yo siempre les hablo de la disciplina, porque la motivación está muy sobrevalorada.
–¿Por qué?
–Porque no siempre está. No siempre tendrás ganas de correr o de agarrar la pesa. Y cuando no hay motivación, hay que recurrir a la disciplina. Una chica se impresionó cuando le dije que, de cinco veces a la semana que entreno, en tres aplico la disciplina porque no quiero, o porque me da lata, o porque en vez de salir al gimnasio prefiero echarme a ver tele. Yo les inculco, o trato de inculcarles, incluso en mi Instagram lo hago, que si una no tiene disciplina, la pasas peor. Y sirve para todo en la vida.
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–¿Cuántas alumnas tienes hoy en día? ¿De qué edades, a qué se dedican y qué relación tienen con la actividad física?
–En este momento tengo seis alumnas, entre los 32 y los 47 años. La gran mayoría están casadas y con hijos, excepto una. Y todas tienen experiencias diferentes con el ejercicio. Hay unas que siempre entrenaron y otras que no. Gente que hace tres años que no mueve un dedo y otras que además de mi entrenamiento, hacen otro deporte. En personalidad, son bien diversas, algunas cortas de genio, que solo entrenan, y otras que no les para la lengua. Lo que me gusta es que todas son disciplinadas.
–¿En qué lo notas?
–En que no faltan, por ejemplo. Y cuando pasa, es por algo muy específico. Me siento mal, mi hijo se cayó y lo tengo que ir a buscar, etc. La más nueva de todas me contrató el mes pasado por 12 clases. Fue a las 12 y no ha parado nunca.
–¿Y cómo son respecto a los hábitos?
–Hay unas que comen súper bien, otras que se desbandan, etc. Yo les digo que ahora no me puedo meter en lo que comen, pero por lo mismo entré al diplomado. No me gusta la idea de prohibir algo como el chocolate, la carne, el pan, etc. Pero trato, en general y de lunes a viernes, que se disciplinen, al igual que yo trato, de lunes a viernes, en comer bien. Y ojo, eso no significa comer poco. Gran parte de la gente cree que cuando una hace pesas, no come. Y no, yo como mucho, porque así hay de dónde construir más masa.

Cortesía Catalina Sepúlveda / Foto: Rubén Burgos
–¿Qué es para ti comer bien?
–Mucha proteína, carbohidratos justos y grasas buenas. Palta, nueces, almendras. Ahora, tampoco me prohíbo cosas. Cuando me junto con amigos el fin de semana y quiero un pedazo de pizza o dos, lo haré. Y tomaré mi par de tragos. Respeto a la gente que lo hace de otra manera. Por ejemplo, hay chicas que compiten en fitness y que no pueden salirse de regímenes así. A mí me han pedido competir como tres veces y yo les digo que no. Que muchas gracias, pero la verdad no estoy dispuesta a sacrificar fines de semana por un par de competencias. Admiro a la gente que lo hace, pero yo no lo haría. Me gusta más gozar.
–Con el trabajo corporal ocurre naturalmente un proceso de empoderamiento. ¿Fue tu caso?
–Sí. Cuando corrí los 42K, pasé la meta hecha pebre, no sintiendo los pies, los dedos, los glúteos, pero me di cuenta de algo. Que si pude hacerlo, podía hacer cualquier cosa en la vida. Me percaté que el deporte y la actividad física te empodera absolutamente. También me pasó cuando empecé a hacer pesas. Al comienzo con dos kilos, después tres, de ahí la sentadilla con barra, en tiempos en que yo no me podía ni la barra sola. Ahora la hago hasta con 50 kilos. Todo este proceso te presenta nuevas formas. La actividad física empodera la mente e incluso el alma, porque una se da cuenta de todo lo que puede hacer con su cuerpo. Todo va ligado a tu disciplina y tu voluntad, porque a ti nadie te pone una pistola al pecho para que entrenes. Lo haces porque quieres. Entonces, cuando te esfuerzas y ves que funciona, es como un todo.
–¿Cómo traspasas esa idea a tus alumnas?
–Porque se la digo igual que a ti, en este momento. Muchas me dicen oye Cata, es que cuesta tanto, y yo lo sé. Les digo que pasé por lo mismo, que no me podía la barra, que era frustrante ir al gimnasio y ver a chicas que sí se la podían con más peso. Pero en algún minuto me dije que lo podría hacer. Y para que ocurra eso, hay que hacerlo.
–¿Y cómo lo haces con respecto a sus expectativas?
–En un principio me obsesioné con lo físico, pero luego me di cuenta que es un proceso lento. No es que en tres meses estarás súper fitness. Por eso no me gusta cuando se habla del six pack, porque hay quienes que, por genética, se le marcará más fácil que a otras personas. Yo llevo cinco años entrenando pesas y no me interesa tenerlo. Paso por meses en que se me nota más y otros que no, pero a mí me da lo mismo. No me gusta la obsesión por el físico porque encuentro que hace mal y siempre trato de explicar que ojalá no la tengan.
Ya basta del tema de que no me sacaré la polera en la playa porque no tengo cuerpo de bikini. Una puede ocuparlo con 10 kilos de más o de menos. El rollo es que tú te sientas cómoda. Claro, está todo lo que las redes sociales influyen en nuestra vida, lo que es muy bueno por un lado y muy malo por el otro, ya que comienza la comparación. Una instructora tiene la responsabilidad de entregar tranquilidad. De hacerlas entrenar por sí mismas para que se sientan bien, porque los cambios físicos llegarán siempre. Sí o sí, pero en forma paulatina. En cambio, si te obsesionas, nada llega. Es complejo el tema, pero cuando logras ese cambio de switch, todo fluye.