La instructora profesional y jurado del Chile Twerk Champions 2022 repasa su carrera en esta disciplina que hace seis años le cambió su vida.
Un bello espejo vertical posa sobre la pared más blanca y despejada de su living. Es largo, delgado y pulcro, se ubica a un costado de la ventana que promueve la ventilación de su departamento y sentado aquí, desde este lado del sillón, refleja a su dueña sentada y de perfil. Es la instructora profesional de twerk, Almendra Novoa. Una de las mayores referentes de la disciplina en el país, quien viene de sus primeras vacaciones largas en mucho tiempo.
No es una exageración. «Es la primera vez que dejo de hacer clases un mes y no sabes lo que me costó tomar la decisión. Antes había parado una semana, dos quizás, pero es la primera vez que me tomo tanto tiempo en seis años», dice para Gritonas.
«Todo lo que hago es twerk. Esta entrevista que tengo contigo, las telas que tengo que ir a buscar para mi tienda de ropa, la planificación de mi próximo mes (que la haré en la tarde), y en la noche tengo un evento, porque también hago clases en despedidas de solteras», añade.
Novoa, literalmente, gira y gira en torno a ésto.
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La vida cambia en un segundo y el suyo fue en 2015, cuando una conocida la invitó a una clase de twerk. Fue en septiembre, en un galpón medio escondido del centro de Santiago, cuando por primera vez puso sus manos sobre los muslos, flexionó sus rodillas y movió la cadera, de adentro hacia afuera —y de un costado hacia el otro—, al ritmo de la música.
Esa vez sonaba “black music” —Nicki Minaj, Lil Wayne, Rihanna, Drake, entre otros— y recuerda que tuvo una sensación, un primario interés que la convenció por la segunda clase. Era algo novedoso para su rutina como relacionadora pública, en tiempos donde su actividad física era eso y lo que proporcionaba salir el fin de semana de su casa en Maipú.
«Me gustó y me entretuve, había puras mujeres y yo quería conocer gente. Estaba superando el reciente fallecimiento de mi abuela, por lo que quería salir y hacer cosas. Lo mejor fue el ambiente. Era como uno nuevo. No pude evaluar mi desempeño, porque era algo que no conocía y además, en ese momento, había poca técnica en cuanto al twerk».
Y continúa. «La cosa es que la persona que me invitó no siguió yendo, pero yo dije que filo. Seguiría sola. Fui y en la tercera clase, con otras chicas que estaban ahí, nos ofrecen hacer un evento. Ir a bailar twerk a una disco de La Florida. Era una oportunidad de pega que me servía, así que acepté. Salí al escenario y me gustó. No creo que mi desempeño haya sido el mejor, pero me sentí bien».
–¿Qué te gustó?
–En el fondo, siempre tuve la exposición presente. Era de las cabras que cuando había un concurso en el colegio, la “Miss Mayonesa” por ejemplo, estaba bailando la canción arriba del escenario. Siempre tenía la necesidad, la sensación de expresar algo.
–¿Qué vino después?
–El segundo evento, después el tercero y el cuarto, y luego estaba recorriendo Chile haciendo eventos de verano en distintos lugares. Fue maravilloso. Me especialicé y me puse matea, porque sentía que había partido tarde. El ambiente discotequero era exigente, reventado, hostil en ciertos puntos. Se trabajaba de noche y en una, por ejemplo, teníamos dos eventos por los cuales movernos de allá para acá. Por decirte, uno en Quilicura y otro en La Florida, y buscando gente entre medio, o apañando a manejar mientras otra se iba cambiando ropa. Recuerdo un trayecto Curicó-Santiago, en una noche.
–¿Quiénes iban a los eventos?
–Al principio, los shows se vendían como «para ellos», mientras que los «para ellas» eran con vedettos, pero fue en 2016 que más mujeres se acercaron al escenario, lo que no pasaba. Te decían que eras seca, que cómo lo hacías, en dónde habías aprendido, etc. Y ese año el twerk se empezó a masificar mucho. De las dos personas que hacían clases cuando entré, hubo más gente que se sumó para enseñar o para asistir a algunas. Las academias también lo hicieron y ese año comencé como instructora, ya que me llamaron de varios lados.

Cortesía Almendra Novoa
–¿Cómo defines el twerk?
–El twerk es una danza afrodescendiente, que data de fines de los 80 y principios de los 90. Hay danzas anteriores que tienen similitudes, pero el twerk como tal es de esas décadas. Surgió en Nueva Orleans (Estados Unidos), en grupos que podemos calificar de discriminados, disidencias, que llevan esta nueva forma de expresarse a través del baile. En lo específico, es llevar el ritmo de la música con nuestras caderas y nuestros glúteos, a través de disociaciones, vibraciones y distintas técnicas y movimientos.
–¿Qué se requiere para realizarlo? Conociendo que todos los cuerpos pueden hacer twerk.
–La apariencia física no es lo más importante, pero la salud sí es relevante, porque exigiremos al cuerpo. Siempre digo que con el twerk una reconoce sus debilidades, porque es integral. Hay una parte de cardio, otra de fuerza, de coordinación, de oído para el ritmo musical. Notas cuál es tu debilidad y cuál es tu fortaleza, donde la primera se trabaja y la segunda se explota.
–¿Cuánto dura una clase promedio?
–La clase básica dura una hora. Las intensivas, de dos horas para arriba. Yo he tomado algunas de cuatro hasta cinco horas. Por supuesto que con pausas para tomar agua y comer algo, pero al otro día no te puedes parar (ríe).
–Me imagino que también se trabaja a nivel emocional.
–Sí, junto con que la salud mental está cada vez más en boga en Chile. Incluso, está incluida en el programa del nuevo Presidente.
–El único que ha asumido una enfermedad de ese tipo.
–Siendo un tema recurrente. Antes decían que si tenías un problema psicológico, estabas limitada para toda actividad, no solo para recrearte, que es como mucha gente llega al twerk. Desde lo emocional me di cuenta que, por decirlo con palabras simples, llegaba gente muy rota por dentro. Con algún tema de autoestima, como el fin de una relación terrible, o algo más alegre, como haber tenido hijos, pero con consecuencias para su cuerpo.
Al principio no te enteras. Ves caras, no corazones. Pero cuando termina la clase, es común que se te acerquen, te abracen y te agradezcan con los ojos llorosos. Así como tuve que aprender la técnica del twerk, también aprendí a manejar estas situaciones porque me afectaba mucho. De hecho, te cuento y me quiebro (toma una pausa), porque escuchaba cosas terribles. Debía prepararme bien.
–¿Qué perfeccionaste?
–Borré de mi vocabulario la palabra “difícil”. En clases digo que haremos algo desafiante. Comencé a manejar cosas de otra forma porque sabía que me enfrentaría a momentos así. No con todas, pero sí con muchas.
–¿Qué otras vivencias conociste?
–Gente con traumas con el género masculino, en búsqueda de estos ambientes femeninos de mayor comodidad. El feminismo también ha hecho lo suyo, pero estos espacios de sororidad se valoran mucho.
–¿Los hombres pueden tomar clases de twerk?
–Sí, estos espacios no necesariamente son separatistas. Cuido mi espacio, pero sí lo podría permitir.
–¿Y asisten?
–Sí. Generalmente son disidentes, hombres que han tenido una relación previa con la danza, o extranjeros, porque en otros países hay otra cultura sobre el baile. Por eso soy cuidadosa: estoy consciente del país y la sociedad en que vivo. Y porque algunas veces me he ganado el comentario «estás discriminando a los hombres».
–¿En serio? ¿Y es para ti una discriminación?
–Para mí no, pues estoy vendiendo un servicio y puedo reservarme el derecho de admisión. No estoy haciendo una obra de caridad, porque ahí sería distinto. Si hago una clase a beneficio y un hombre se quiere inscribir, ahí sí. Bienvenido.
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Aquí es importante volver al espejo, porque ahora no sólo está ella con sus rasgos, gestos y expresiones; con sus tatuajes en los brazos o con su vistoso cinturón con hebilla de serpiente. También la refleja con su identidad y memoria, así como diciendo “esta soy yo” a lo largo de estos años de twerk.
Se la ve segura ante las preguntas y convencida de los recuerdos, grabados en su memoria como si hubieran ocurrido hace pocas horas. Como cuando renunció a su trabajo como relacionadora pública —«Llegó el fin de mi contrato y me fui. Seguí con pegas chicas y luego me dediqué a la acreditación de eventos. Desde algunos chicos, de determinadas campañas y empresas, hasta otros como la Copa América o el Festival de Viña»—, o como cuando se refiere a este baile y sus bondades, como detallará más adelante.

Cortesía Almendra Novoa
Una de sus primeras experiencias como instructora fue en Concepción, viajando todas las semanas desde Santiago. Continuó con otras clases en una academia de Ñuñoa y luego con las propias durante el fin de semana. «Era lo que me interesaba, porque si bien lo de Concepción fue una gran oportunidad, yo necesitaba radicarme en Santiago. Estuve un año viajando a full y gracias a eso tengo mucho público allá. Me reciben bastante bien».
Y nuevamente, por un segundo, su vida cambió, pues la popularidad del twerk aumentó casi al mismo tiempo que su renombre. Ya era común ver practicar a una conocida, a una cercana, incluso a tu pareja, frente al teléfono o a un espejo como el de su living. La imagen es un acto y no una cosa.
La llamaron de más lados y pronto estaba haciendo clases todos los días. «Todo fue muy rápido. Me sentía realizada, era desafiante y me gustaban los cambios. Era algo diferente y que tenía que crear por mí sola, porque no estaba el camino hecho. Así como hubo academias que me llamaron porque les interesaba el twerk, hubo otras en que me decían que no era una danza. O que era vulgar. Me ocurre hasta el día de hoy, hace poco no me arrendaron una sala por eso».
Almendra Novoa, un ejército de sí misma, debió abrir espacios físicos y sociales. Ella sabía que era buena y que tenía atributos comunicacionales, pero el asunto iba más allá. Había juicios sociales que derribar, como tener un título y no ejercer la profesión, «o que la gente no lo viera como un trabajo, pues hay una sensación, para mí errada, de que si te divierte lo que haces no termina siendo un trabajo. O que si no te cuesta, no vale».
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La pandemia fue un punto de quiebre, pues las clases se volvieron virtuales hasta octubre del año pasado. Grabó más de 200, «y al comienzo fue entretenido ver caras a través de Zoom, pero cuando hacía el calentamiento me daba cuenta de lo duro que era por el celular. El ambiente que tanto cuidé y llenaba de energía, ya no estaba. Y sabía que las alumnas no tenían las mismas condiciones. Probablemente, una estaba en un espacio reducido, otra con alguien más, o también algunas me decían que no podían hacerlo porque en su casa no les gustaba. El machismo se los impedía».
Por ello, una vez abiertos los espacios públicos, Almendra Novoa fundó Comunidad Twerk. Su propia academia para motivar a más mujeres por la disciplina, ya sea como danza, entrenamiento o hobby. Si bien en un comienzo fue como lanzar una botella al mar, su proyecto creció y hoy es la única academia con certificación en twerk de Chile, siendo avalada por el Consejo Internacional de la Danza, que es parte de la UNESCO.
Su oferta se compone de clases presenciales en Santiago, al igual que clases online divididas en tres fases; inicial, intermedia y coreográfica. Para las primeras, Novoa se encarga de la trazabilidad completa, exigiendo distancia física en la sala e incluso el pase de movilidad de manera previa a la jornada. Y con respecto a las segundas, «son baratas, accesibles y no caducan. Están disponibles y las puedes pausar las veces que quieras».
Para la instructora todo se trata de estar en el lugar y en el momento indicado, como esa clase de 2015, el primer evento en La Florida, saber qué hacer cuando comenzó la pandemia, o su participación como jurada de la Chile Twerk Champions 2022, que a fines de febrero buscó a la mejor exponente para representar a Chile en el extranjero.
El resto llega solo. Los límites se desvanecen rápido, casi como un castillo de arena.

Cortesía Almendra Novoa
–El año pasado dijiste que el twerk «es una disciplina que empodera, que abre espacios y genera autoconocimiento». Me interesa abordar esos tres puntos. Primero, ¿en qué empodera?
–Para mí el empoderamiento es la adquisición de poder de un grupo o sujeto que carece de él. En este caso, de un espacio femenino, porque incluso si hay un hombre la atmósfera no se pierde. Una oportunidad en donde eres libre de moverte, usar lo que quieras, aunque la sociedad te haya dicho antes que tu cuerpo no estaba bien. Aunque psicológicamente no te sientas bien, o vengas de algo difícil. Aquí nos empoderamos. Tomamos el poder y lo traspasamos, y por más que yo sea la instructora y tú la alumna, todas disfrutamos de lo mismo; nuestros cuerpos y de expresar. Tu empoderamiento comienza desde que tomas la decisión de ir a una clase de twerk.
–¿Y cómo abre espacios?
–Lo veo de la siguiente manera. Antes de la pandemia teníamos espacios para el twerk, como en las academias o en la calle, pero había que cuidarlos, en el sentido de que nadie los perjudique. Pero llegó el Covid-19, la modalidad online, y algunas cosas desagradables, como gente que se hizo cuentas falsas para meterse en nuestras aulas virtuales. Hombres con perfiles falsos, lo que nos obligó, por ejemplo, a exigir carnet de manera previa. Porque ante cosas así te ves vulnerable.
Ahí me di cuenta que debía ganarme los espacios de nuevo, volverlos seguros nuevamente. A las mujeres nos achicaron la calle porque no podíamos salir con cierta ropa, o que debíamos ser más femeninas, calladas, elegantes. Imagínate, nunca he tenido esa mentalidad y aún no entiendo que no puedas salir con polera corta o un vestido.
–Y bajo ese punto, ¿cómo se aborda el autoconocimiento?
–Cuando reconoces quién eres, o como te decía antes, cuando sabes de tus fortalezas y debilidades. Entre más conocimiento tengas de ti, más puedes hacer. Pueden ser cosas básicas, como ponerse en tal postura, apoyar la espalda en el piso separando el cóccix. O apoyar los talones, elevar la pierna y hacer un movimiento de vibración. Muchas quedan mirando raro cuando se los pido, pero lo intentan y se dan cuenta que sí. Que pueden. Y ahí empieza la magia. Tener un autoconcepto y descubrir que se puede trabajar lo que se pensaba como limitante, es darse cuenta que las personas crecen.
–¿Es tal vez ese crecimiento tu labor más gratificante como instructora?
–Sí, eso y que la gente confíe. Que me elijan para que eso suceda. Es lo que me enamoró de la fase inicial del twerk y por eso la enseño mayormente. Si bien me gusta bailar y hacer cosas más avanzadas con las alumnas, me limito porque son iniciales y me hace sentido quedarme en ello. Alguien puede ser muy bueno en su pega, pero si eso no va más allá de las lucas o de la autorrealización, te desencanta. Saber que a otra persona le hace bien lo que le entregas, te enamora. Intento que no se transforme en ego, pero reconozco que me hace feliz que alguien mejore su situación gracias a mis clases.
–¿Qué le dirías a quienes quieren hacer twerk y no han dado el paso?
–A todos nos cuesta comenzar algo nuevo. Por ejemplo, hace poco comencé con terapia psicológica y no fue fácil. Ahora la disfruto, pero costó al comienzo. El primer paso es complejo pero es bueno salir de nuestra zona de confort. Cuesta, hay quienes no son abiertos a los cambios, pero buscar algo nuevo puede ser una buena noticia. A mí me pasó. Ni siquiera sabía lo que era el twerk cuando fui a mi primera clase. Otra cosa que les diría es que busquen tiempo para ellas. Hay personas que creen que lo único de su vida es el trabajo, cuando no es así.
–¿En qué lo notas?
–Es como cuando alguien se presenta y luego de su nombre, dice su profesión o lo que estudió. Ya, ¿pero quién eres realmente? ¿Qué te hace vibrar? ¿Ser feliz? Está bien, tu trabajo te puede gustar, pero eso es una parte. En una misma sala tengo a alguien de 18 años, a una de 35, otra de 20 con tres hijos y otra de 27 que no quiere tener. Todas de comunas distintas, estratos sociales y realidades diferentes, todas compartiendo. Si quieres darle una oportunidad al twerk, súper. Si es otra actividad, bacán. Pero busca eso que te dé felicidad.
–¿Con qué más motivarías a las indecisas?
–Con algo para las mujeres y para todos los que se sienten cómodos en espacios femeninos; rodéate de ellas. He obtenido cosas bonitas de este tipo de comunidades. Es enriquecedor y te enseña varias cosas. Por ejemplo, cuando una chica debió asistir con su hijo a la clase, le tocó bailar y otra se ofreció para verlo porque estaba inquieto. Alguien que no conoces. En general, la mujer es la base de las comunidades. Durante el estallido social, ellas llevaban la batuta de las ollas comunes. Ahora los ministerios del país son paritarios y luego probablemente tendrán mayoría femenina. Están pasando cosas, pero hay que buscarlas.
